viernes, 5 de junio de 2009

Beatificación de los Papas Pio IX y Juan XXIII



Entre aplausos y repudios

La beatificación conjunta de los dos papas que convocaron respectivamente los concilios Vaticano I (1869-1870) y Vaticano II (1962-1965), es decir de Pío IX y Juan XXIII, llevada a cabo por Juan Pablo II el pasado 3 de septiembre, ha suscitado en muchas partes, y sin duda seguirá suscitando, muy encontradas reacciones. Si la opinión pública en general aplaude casi sin reservas el honor concedido a Juan XXIII (1958-1963) -el Papa bueno, “abierto al mundo”, “moderno”, “conciliador”, “de amplio criterio”, a quien se le atribuye la iniciativa de haber establecido “una nueva frontera cristiana, que libera a la Iglesia de un pasado anquilosado y rígido”, no ocurre lo mismo en el caso de Pío IX (1846- 1878). No es sólo en Italia, donde se da una especie de encono histórico por el hecho de que la tenaz defensa de los estados pontificios por parte del papa Pío obstaculizara (aunque no lograra impedir) la unificación de la nación. El historiador Roger Aubert reproduce el prejuicio más difundido sobre este Pontífice cuando en la “Historia de la Iglesia” de Fliche-Martin sostiene: “De cara a la opinión mundial, la postura más antipática de Pío IX fue la oposición sistemática a las llamadas libertades modernas: el Papa aparecía como un ser oscurantista, enemigo de los intereses del pueblo” (Vol. XXIX, pág.267).
La Asociación de historiadores de la Iglesia de habla alemana se había apresurado hacía meses a enviar una nota al papa Juan Pablo II, instándole a que se prescindiera de la anunciada beatificación de Pío IX: “Su rechazo por principio de derechos humanos como la libertad de conciencia, de religión y de prensa, por medio del así llamado ‘Syllabus errorum’ (1864) -argumentaba dicha nota- contradice masivamente las posiciones del Concilio Vaticano II. El Papa del Concilio Vaticano I tenía además un concepto tan sobredimensionado del Primado papal, que su beatificación no podría interpretarse en otras iglesias, particularmente las orientales, sino como una señal fuertemente anti-ecuménica”. Y continúan los historiadores germanos: “Con su a menudo simplista discurso en blanco y negro, Pío IX no distinguía por doquier sino la acción de Dios o del demonio, de Cristo o de Belial. No puede justificarse tal actitud con la situación defensiva de la Iglesia, pues había en aquel entonces no pocos obispos y cardenales que tenían una visión más amplia de los sucesos contemporáneos. De todos modos, la actitud del Papa revela una deficiencia tan grave de la virtud de la prudencia, necesariamente unida al ejercicio del primado de Pedro, que esto debería constituir un obstáculo para su beatificación. Ésta sólo contribuiría a proyectar una imagen distorsionada y humanamente inaceptable de la santidad” (Christ in der Gegenwart, junio 2000). Para concluir, la nota tampoco le ahorra al Papa el sambenito del antisemitismo, reproche ávidamente recogido por la prensa norteamericana.
Según la prestigiosa revista internacional de teología “Concilium”, de la que forman parte, entre otros, los teólogos Hans Küng y Jon Sobrino (seguimos la comunicación de “El Mercurio” de Santiago, aparecida el sábado 2 de septiembre), la beatificación de Pío IX “causará un daño considerable a la Iglesia Católica y hará dudar a muchos de la sinceridad de Juan Pablo II en favor de la reconciliación y la verdad en el mundo”. Y más adelante: “Dejando de lado su implicación política en la lucha por la libertad en Italia, Pío IX se opuso más que ningún Papa antes que él a todos los movimientos intelectuales y culturales de su época que eran favorables a la reforma. Se opuso especialmente a la libertad de conciencia”.
No es así como la intelectualidad de nuestro tiempo se expresa con respecto de Juan XXIII y de seguro el haber afirmado Juan Pablo II en su discurso de beatificación que “del papa Juan persiste en el recuerdo de todos la imagen de un rostro sonriente y de dos brazos abiertos en un abrazo al mundo entero” no habrá de provocarle los reproches amargos que le ha valido su defensa de Pío IX. Sin embargo, el hecho de que la máxima autoridad de la Iglesia haya querido proceder a la beatificación conjunta de ambos pontífices, obliga a reflexionar sobre las “no pocas semejanzas en el plano humano y espiritual que -más allá de las apariencias- unía a ambos papas, que vivieron en contextos históricos muy diferentes” (Discurso de la beatificación). En efecto, aquellas “apariencias” que son la causa de la habitual contraposición entre Juan XXIII y Pío IX, entre el Vaticano II y el llamado “espíritu pre-conciliar”, derivan de cierta “imagen” que sus contemporáneos se formaron de aquellos hombres santos (y de los concilios por ellos convocados) y a la que adhieren tenazmente, aun en contra de no pocas evidencias históricas, las generaciones siguientes. La Iglesia, siguiendo a Cristo, tiene que dar siempre “testimonio de la verdad” (Jn 18,37) , aunque resulte difícil o desagradable para la opinión pública, confiando en que “todo el que sea de la verdad escuchará su voz” (Jn 18, 37 b). En este caso se requiere, pues, aplicar un honesto discernimiento con respecto de las “imágenes” de los papas beatificados, tan necesitadas de renovación, no sólo en el caso de Pío IX , sino también en el de Juan XXIII.

Génesis de una distorsión histórica
Giovanni Maria Mastai Ferretti había nacido en 1792 en Senigallia, provincia de Ancona. Su vocación sacerdotal fue madurando cuando, huésped de su tío Paulino, canónigo en Roma, frecuentaba un hospicio de huérfanos. Continuó este apostolado también después de su ordenación sacerdotal, ocurrida en 1819. Su participación en la misión de Monseñor Muzi, enviada a Chile y Argentina entre 1823 y 1825, le abrió por un lado los amplios horizontes de la Iglesia universal, por el otro le deparó el primer encuentro negativo con la intolerancia y rigidez de los regímenes liberales de los países a los que la misión papal había sido enviada. A su vuelta a Roma reanudó su trabajo con la juventud abandonada, esta vez como rector del Hospicio apostólico de San Miguel en Ripa Grande, favoreciendo la enseñanza de oficios prácticos para aquellos huérfanos.
A los 35 años de edad fue elegido obispo de Spoleto, cargo en el cual se desempeñó con celo y eficacia. No fue sorpresa entonces que ya en 1832 fuese promovido al arzobispado de Imola, situado en los estados pontificios. En 1845 envió a la Santa Sede un documento con 58 proposiciones relativas a una mejor administración de aquellos estados. Al año siguiente le tocó participar en el cónclave convocado a la muerte del papa Gregorio XVI, quien ya en 1840 le había nombrado cardenal. En el cuarto escrutinio Mastai Ferreti fue elegido Papa y, tomando el nombre de Pío IX, inauguraba el pontificado más largo de la historia de la Iglesia (35 años).
Desde el comienzo de su pontificado el Papa se vio envuelto en la vorágine histórica que significó el proceso de unificación de Italia. Ésta implicaba necesariamente el fin de los Estados Pontificios, a lo que Pío IX se opuso tenazmente. Ciertamente el Papa comprendía muy bien la causa de Italia, pero no podía por ello involucrarse en una guerra contra Austria, ni ceder ante las tendencias anticatólicas y anticlericales del gobierno piamontés, ni renunciar a la libertad espiritual de la Iglesia, garantizada por el Estado Pontificio. No se le puede acusar de no haber sabido prever una solución como la que finalmente se encontraría en 1929 mediante los Pactos de Letrán, que dieron origen al pequeño Estado Vaticano. Con el apoyo de Napoleón III el Papa logró mantener sus Estados hasta que en 1870 la derrota del emperador ante las tropas prusianas fue aprovechada por el gobierno de Víctor Manuel II para ocupar Roma y así poner término al poder temporal del papado.
Más crucial aún que esta lucha política fue su lucha espiritual, en cuyo centro se situaba el problema del liberalismo o de la “modernidad”, tanto en su doctrina como en su práctica. La Iglesia no podía aceptar acríticamente una evolución de las cosas y de las ideas que tendía abiertamente a la instauración de una sociedad no cristiana, fundada sobre las ideas agnósticas y relativistas de la Ilustración, sobre el convencimiento de un continuo progreso promovido por la sola razón humana, sobre la arrogancia de un Estado que se atribuía ser la fuente única del derecho. Y todo esto no se daba pacíficamente. En todas las naciones antiguamente cristianas se promulgaba leyes restrictivas de las congregaciones religiosas, se expropiaban los bienes eclesiásticos, se admitía el indiferentismo y el relativismo, se propugnaba una educación cada vez más dependiente del monopolio estatal, se obstaculizaba las actividades pastorales. Y esto se daba no sólo en la vieja Europa, sino también en las naciones iberoamericanas, con la solitaria excepción del presidente Gabriel García Moreno en el Ecuador, que en 1875 debía pagar con su vida su apartamiento de la hegemonía liberal-masónica, predominante en todas partes.
Se relacionaba con esta problemática la del llamado “catolicismo liberal”, es decir, la de aquellas tendencias que veían el futuro de la Iglesia en la aceptación positiva de la “modernidad” y, por lo tanto, no simpatizaban con lo que les recordara el Antiguo Régimen, anterior a la Revolución francesa. Se acababa de producir el caso paradigmático del sacerdote francés Felicité de Lammenais, que después de la era napoleónica lideraba una vigorosa renovación del catolicismo, pero en base al equívoco lema de una “Iglesia libre en un estado libre” . Intelectual brillante y sacerdote fervoroso, Lammenais no supo ni entender ni aceptar las advertencias del magisterio de la Iglesia, manifestado a través del papa Gregorio XVI y terminó en una amarga apostasía. Pío IX percibía el peligro del síndrome Lammenais en las propias filas y la experiencia de los Papas posteriores vino a poner en evidencia que el problema de la aceptación mal entendida de la “modernidad” por parte de muchos católicos no era algo exclusivo de su pontificado.
La condena por parte de Pío IX de ochenta principales errores de los tiempos modernos, compendiados en el llamado “Syllabus” de su encíclica “Quanta Cura” (1864), dejaba en claro que para el Papa no se trataba sólo de reaccionar en contra de un orden de cosas que desterraba a Dios de la vida pública y lo relegaba al rincón de las conciencias -si es que no lo declaraba “muerto”- sino al mismo tiempo de develar el origen filosófico de tales tendencias. De allí su catálogo de denuncias contra la mentalidad filosófica que había servido como ariete destructor de la concepción cristiana del universo y de la historia y que culminaba en la última proposición del “Syllabus” en contra de la idea de que “el Romano Pontífice podía y debía reconciliarse con el progreso, con el liberalismo y con la civilización moderna”.
Estas afirmaciones doctrinales, más la posterior proclamación de los dogmas de la infalibilidad y del primado del Papa (1870), provocaron vivísimas reacciones en los ambientes liberales de la época y explican, por otra parte, la enemistad de tantos historiadores y aun teólogos modernos. El mismo Pío IX en su alocución “Jamdudum cernimus” (1861) explicaba su postura: Nada más lejos de su pensamiento que atribuirle un rechazo de la civilización moderna entendida en el sentido de progreso técnico, bueno en sí mismo; o el acceso de las clases populares a la libertad política, ni la elevación del nivel cultural de todos. Lo que el Pontífice deseaba dejar en claro era que la Iglesia no podía llegar a componendas con sistemas incompatibles con la fe cristiana, y esos sistemas se resumían en aquella época en la noción de “liberalismo”. Los liberales -y toda la opinión pública de entonces era liberal- retrucaron acusándolo de querer volver al Ancien Régime, de cerrarse al progreso y a las libertades modernas y esta imagen distorsionada, renovada sin cesar por todos los “modernos”, se mantuvo hasta nuestros días y explican en gran parte las estridencias que trataron de perturbar la celebración de la beatificación.
Otra modalidad de esta oposición a Pío IX consiste en afirmar que el Vaticano II lo habría desautorizado, principalmente por la Declaración “Dignititatis humanae” sobre la libertad religiosa. Curiosamente concurren a esta misma constatación los extremos opuestos del espectro católico: por un lado los tradicionalistas, como Monseñor Lefebvre, que se quejan de que el Vaticano II habría roto la continuidad con el magisterio anterior, específicamente con el de Pío IX. Por el otro, los rupturistas, como el teólogo Charles Curran, que consideran el abandono de la posición anterior del magisterio como algo posible y hasta deseable en aras de un mayor “progreso” de la Iglesia. Pero, lo que condenaba Pío IX no es idéntico con lo que pretende decir positivamente el Vaticano II. Pío IX se oponía a la sentencia de que todos los cultos religiosos eran iguales y que, por lo tanto, la libertad de culto implicaba el indiferentismo. En cambio, el Vaticano II enseñaría que la dignidad de la persona humana exige siempre que el Estado no coaccione en materia religiosa a nadie, a menos que vaya en contra del orden público. Por tanto, no se dice lo mismo, pero sí hay una continuidad en el magisterio.

Juan XXIII: “imagen” y santidad verdadera.
Un discurso de beatificación no tiene por qué entrar en polémicas y refutaciones. Por eso las palabras de Juan Pablo II el 3 de septiembre no van mucho más allá de lo que todo el mundo aprecia en el papa Roncalli: “¡Cuántas personas se sintieron conquistadas por la simplicidad de su espíritu, unida a una amplia experiencia de los hombres y de las cosas!” ¿Quién no estaría de acuerdo con esta alabanza? Mas, la continuación del discurso papal roza ya de cierta manera el tema de la imagen de Juan XXIII, forjada y alimentada por los medios de comunicación. Sigue Juan Pablo II: “El vendaval de novedad causada por él no se refería ciertamente a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; nuevo era el estilo de hablar y de actuar, nueva la carga de simpatía con la cual él se acercaba tanto a las personas comunes como a los poderosos de la tierra”.
Por cierto que Juan XXIII recurre en los documentos de su pontificado, en alguna medida, a otro método y otro vocabulario que el de Pío IX y fue eso lo que marcó el tono del Concilio Vaticano II en cuanto al modo y estilo de presentación de la única doctrina católica. Pero -y es eso lo que Juan Pablo II dio a entender- no hubo una contradicción con el magisterio anterior, ni una desautorización de Pío IX por parte de Juan XXIII. Pero es precisamente eso lo que llegaron a pensar ciertos teólogos y lo que los medios de comunicación difundieron sin cesar y lograron asentar en la opinión pública mundial: que Juan XXIII era el hombre de ideas liberales, modernas, cuyo “aggiornamento” ponía por fin a una Iglesia anquilosada en fila con el mundo moderno. Ésa es una imagen tan distorsionada como la de un tozudo y archireaccionario Pío IX, y así se puede llegar a la conclusión de que tanto muchas de las alabanzas tributadas a Juan XXIII como las diatribas contra Pío IX brotan de la misma raíz de una “modernidad” arrogantemente convencida de sí misma y de su valor absoluto.
Tanto Pío IX como Juan XXIII, aunque con distintos enfoques y matices, sabían que la esencia de la misión de la Iglesia consiste en una total fidelidad a Jesucristo, por encima y más allá de las ideas favoritas de un determinado período histórico. Toda oposición entre ambos pontífices carece de fundamento real y pone de manifiesto el deseo de instrumentalizar la verdad para determinados fines. Bien lo expresaba el Papa Roncalli en una anotación de su “Diario del alma”. Con fecha del 29 de noviembre de 1959 anotaba: “Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria; e imitándole en sus sacrificios, querría ser digno de celebrar su canonización”. Y el 22 de agosto de 1962 recordaba en público durante una audiencia general, lo que sentía y pensaba de él: “Pío IX: el Papa de la Inmaculada, excelsa y admirable figura del Pastor, del cual se escribió también, comparándolo con Nuestro Señor Jesucristo, que nadie fue más amado y odiado que él por sus contemporáneos. Mas su empresa, su entrega a la Iglesia, brillarán hoy más que nunca; unánime es la admiración para con él”. El Osservatore Romano, que aproximadamente en esa misma fecha rendía cuenta de la mencionada audiencia general, agregaba un detalle aun más significativo: “Su Santidad gustó de confiar a sus oyentes una grata esperanza que acariciaba en su corazón: que el Señor le concediera el gran don de poder decretar al honor de los altares durante el desarrollo del próximo Concilio Ecuménico (el Vaticano II) al Papa que había decretado y celebrado el Vaticano I”.
El Papa Roncalli fue en su persona, en su vida espiritual y en su servicio apostólico fruto legítimo del cristianismo tradicional, es decir, de aquella fe arraigada en el pueblo de Dios sencillo y pobre al que pertenecía su familia campesina. Su familia y entorno se situaban entre aquella gente a quienes no alcanzaron las deformaciones que dominaban en gran parte al mundo burgués, gestado en la revolución liberal y el nacido de inspiración positivista y utilitaria de corte capitalista.
Reveladora de su actitud frente al “modernismo” de entonces y de todos los tiempos es otra anotación de su “Diario del alma”, de octubre de 1910: “Jesús bendito ha tenido a bien concederme, en estos ejercicios, una luz especial para comprender todavía más vivamente la necesidad de mantener íntegro y purísimo mi sensus fidei y mi sentire cum Ecclesia, mostrándome también bajo una luz más resplandeciente la sabiduría, oportunidad y hermosura de las medidas pontificias encaminadas a salvaguardar principalmente al clero del contagio de los errores modernos (llamados modernistas), que de una manera engañosa y fascinante intentan demoler los cimientos de la doctrina católica. Las dolorosas experiencias de este año, observadas aquí y allá, las graves preocupaciones del Santo Padre y la voz de los sagrados pastores me han persuadido, incluso prescindiendo de otros datos, de que este viento del modernismo sopla bien fuerte y en una extensión mayor de lo que a primera vista pudiera parecer; de que es muy fácil que azote en el rostro y haga perder la cabeza incluso de aquellos que en un principio se sienten movidos solamente por el deseo de adaptar la antigua virtud del cristianismo a las necesidades modernas. Muchos, incluso buenos, han caído en el equívoco, inconscientemente tal vez y han pasado al campo del error. Y lo peor es que de las ideas se pasa pronto al espíritu de independencia, de libertad de juicio, en todo y con todos. (....) Debo vigilar más todavía mis impresiones, ideas y sentimientos, mis palabras y todo lo que de algún modo pudiera resultar comprometido por ese soplo devastador. Debo recordar siempre que la Iglesia guarda en sí la juventud eterna de la verdad de Cristo, que es de todos los tiempos, y que es la Iglesia quien transforma y salva a los pueblos y los tiempos, no éstos a ella.
El primer tesoro de mi alma es la fe, la santa fe leal e ingenua de mis padres y de mis buenos viejos. Seré escrupuloso y austero conmigo mismo, para que de ningún modo la pureza de mi fe sufra daño alguno”.
Y continúa: “La grave tarea de profesor de seminario que me han impuesto los superiores, me obliga no sólo a pensar en mí mismo por la pureza de mi fe, sino a procurar también que de todo mi pensamiento expuesto a los seminaristas en clase, de mis palabras y de mi trato dimane todo un espíritu de íntima unión con la Iglesia y con el Papa que los edifique y los lleve a pensar del mismo modo. Por tanto, seré delicadísimo en todas mis expresiones, procurando infundir en los alumnos ese espíritu de humildad y de oración en los estudios sagrados, que hace más fuerte el entendimiento y más generoso el corazón” (Juan XXIII, Diario del alma y otros escritos piadosos, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1964, pg.252).
Juan Pablo II terminaba su encomio de Juan XXIII revelando: “En los últimos momentos de su existencia terrena el Papa confió a la Iglesia su testamento: Lo que más vale en la vida es Jesucristo bendito, su Santa Iglesia, su Evangelio, la verdad y la bondad”.


“Por sus frutos los conoceréis”

El lunes 4 de septiembre, al día siguiente de la beatificación, el Cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, concelebraría con los arzobispos de Venecia y de Génova, cuarenta obispos y 150 presbíteros una solemne misa de acción de gracias por el don de los nuevos beatos a la Iglesia. Tal acción de gracias no sólo se refería a las virtudes personales de los nuevos beatos, sino también a los frutos producidos por su acción en el seno de la Iglesia.
En el caso de Pío IX tal acción de gracias por la fecundidad de su paso por el ministerio de Pedro hace pensar en la palabra del evangelio “No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo frutos buenos” (Mt 7,18). Lo cierto es que, aunque Pío IX aparecía como perdedor en la titánica lucha contra el liberalismo doctrinal y político -los poderes de su tiempo hicieron oídos sordos a sus advertencias y los Estados Pontificios se perdieron para siempre- el Papado salía vigorosamente renovado y fortalecido de esta lid. Desde el sucesor de Pío IX, León XIII, hasta el Pontífice actual se puede constatar un continuo aumento del liderazgo moral de los obispos de Roma y ninguna de las consecuencias catastróficas que se vaticinaban con motivo de la proclamación del dogma de la infalibilidad papal y del Primado de Pedro, se hicieron efectivas. Por el otro lado, el correr de los tiempos iría a demostrar adónde conducían las ideas de un Feuerbach, de un Marx, de un Nietzsche, de un Darwin, incluso de un Lammenais. ¿Y qué fruto rendirían el racionalismo, con su negación de la divinidad de Cristo; el estatismo, con su afirmación de que el Estado era la fuente y el origen de todos los derechos; el socialismo y el comunismo, con sus ideas disgregadoras de la familia y sobre todo el naturalismo, que consideraba como progreso el organizar la sociedad al margen de Dios y de la fe cristiana?
Mientras el “Titanic” del mundo liberal iba navegando al encuentro no del progreso indefinido y victorioso, sino del iceberg de las grandes conflagraciones mundiales, la Iglesia experimentaba en el pontificado de Pío IX y de sus sucesores una expansión misionera como nunca antes. Se renovaron varias de las órdenes religiosas más antiguas como los benedictinos y dominicos, mientras que la Compañía de Jesús reflorecía a pesar de las numerosas prohibiciones, expulsiones y expropiaciones que le inflígían los gobiernos liberales. Se fundaron muchas congregaciones religiosas masculinas y femeninas nuevas, especialmente las numerosas puestas bajo el patrocinio del Sagrado Corazón, los salesianos y la Congregación del Verbo divino. El apoyo y el aliento que Pío IX proporcionó a los esfuerzos renovadores en todos los países impulsó la vida de las iglesias con efectos que aún perduran: p.ej. en Alemania en lo referente a la doctrina, acción social y organización política de los católicos, amenazados por la prepotencia de un Bismarck; en Francia con respecto de la presencia católica en la prensa y en la educación; en América por medio de la fundación de los Colegios Pío-norteamericano y Pío-latino en Roma, planteles formativos de numerosos obispos y por medio del establecimiento de relaciones diplomáticas con las nuevas repúblicas; en Bélgica con respecto de los estudios teológicos y las ciencias eclesiásticas; en los países de Oriente por medio del establecimiento de la jerarquía eclesiástica. En su pontificado se crearon 206 nuevas diócesis y vicariatos apostólicos y se restableció la jerarquía eclesiástica en Inglaterra, Escocia y Holanda.
En el éxito de la acción pastoral, tanto de Pío IX, como de Juan XIII -en cuya obra no hemos ahondado, por ser ampliamente conocida y más reciente- influyó de manera decisiva un factor que suele desconocerse o minusvalorarse: en medio de las grandes turbulencias de sus respectivas épocas el recurso de ambos pastores a la confianza en Dios y los medios sobrenaturales, no era en ellos simplemente una manifestación de su piedad personal, sino la búsqueda de un remedio adecuado frente a los males políticos-sociales de la modernidad. En contraste con el vivo interés que suscitaron tanto las encíclicas de ambos Papas como su acción en vista de los dos grandes concilios vaticanos, la promoción que ambos hicieron del culto al Sagrado Corazón, de la invocación del auxilio de la Virgen María y del patrocinio de San José, merecieron mucho menos atención si no fueron relegados al olvido. Sin embargo, podría pensarse que también en estos gestos de los dos papas beatificados se esconden eficaces claves de interpretación.

El Concilio Plenario Latinoamericano de 1899 (Preparación, celebración y significación)

Este artículo fue publicado en:

«Revista Eclesiástica Platense» [La Plata, Argentina] Año CI, Oct.-Dic. (1998) 1063-1078.

Se reproduce aquí con la autorización de la mencionada revista.


El fin del siglo XIX en América Latina, a nivel eclesial, estuvo marcado por un acontecimiento de gran relevancia: el primer Concilio Plenario Latino Americano (en adelante CPLA), que se celebró en Roma en 1899. En el contexto de estas II Jornadas de Historia Argentina y Americana, luego de realizar algunas precisiones terminológicas, quisiera presentar brevemente algunas notas de tres aspectos centrales de aquel concilio: su fase preparatoria, su celebración y su significación para la Iglesia latinoamericana.

1. El término “CPLA”

El término Concilio Plenario tiene una naturaleza de carácter jurídico. No hace referencia a un concilio nacional, al que asisten los obispos de una determinada nación; tampoco a un concilio provincial, formado por los obispos que integran una provincia eclesiástica, o sea el metropolitano y sus obispos sufragáneos; ni tampoco a un concilio diocesano.

A fines del siglo XIX no existía una norma universal para reglamentar los Concilios plenarios. Esta figura canónica recién sería recogida en el primer Código de Derecho Canónico, promulgado por Benedicto XV en la fiesta de Pentecostés de 1917. La peculiaridad del Concilio plenario que tuvo lugar en Roma en 1899, reside en que estuvo integrado por los episcopados de todos los países latinoamericanos por una convocación hecha por el Papa [1] . León XIII realizó dicha convocación en la solemnidad de la Navidad de 1898, a través de las letras apostólicas Cum Diuturnum [2] .

Por otra parte, siendo Concilio, aquella asamblea revestía autoridad legislativa sobre todo el continente, mientras que las futuras Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano no tendrían esa autoridad canónica [3] .

Hagamos ahora algunas breves precisiones acerca del término América Latina y del gentilicio latinoamericano. Hasta donde sabemos, ha sido el uruguayo Arturo Ardao quien ha establecido "el verdadero origen del nombre América Latina". Así se titula un capítulo del libro Nuestra América Latina, publicado por el mencionado autor en Montevideo en 1986 [4] .

Según Ardao, la idea de una América que fuera latina fue lanzada por vez primera en 1836 por el francés Michel Chevalier, en la Introducción a su obra en dos tomos titulada Cartas sobre la América del Norte [5] . Allí se lee lo siguiente: “América del Sur es como la Europa meridional, católica y latina. La América del Norte pertenece a una población protestante y anglosajona” [6] . Esta antítesis de lo sajón y lo latino, como terminología, era entonces novedosa aplicada a Europa, y con mayor razón a América.

El bautismo de América Latina, se debe al escritor y diplomático colombiano José María Torres Caicedo. Nacido en Bogotá en 1830, se radicó en París en 1851 y vivió allí, salvo cortos períodos, hasta su muerte en 1889. Fue el más ilustre representante de la cultura latinoamericana en la Europa de su tiempo. En la capital francesa publicó varias obras en español. En una de esas obras, de 1875, escribió lo siguiente:

“Desde 1851 empezamos a dar a la América española el calificativo de latina; y esta inocente práctica nos atrajo el anatema de varios diarios de Puerto Rico y de Madrid. Se nos dijo: -'En odio a España desbautizáis la América'. -'No, repusimos; nunca he odiado a pueblo alguno, ni soy de los que maldigo a la España en español'. Hay América anglosajona, dinamarquesa, holandesa, etc.; la hay española, francesa, portuguesa; y a este grupo, ¿qué denominación científica aplicarle sino el de latina? Claro es que los Americanos-Españoles, no hemos de ser latinos por lo Indio sino por lo Español... Hoy vemos que nuestra práctica se ha generalizado; tanto mejor" [7] .

Una precisión más sobre la fecha en que apareció por primera vez el término América Latina. Durante todo el primer lustro de la década del 50, en su actuación periodística en la capital francesa, Torres Caicedo siguió utilizando abrumadoramente los términos América del Sur, o América Española. "Si empleó entonces el término América Latina -señala Ardao en su publicación de 1986-, fue por excepción pendiente todavía de localización" [8] .

En cambio, al comienzo del segundo lustro se nota un cambio. El 26 de setiembre de 1856, Torres Caicedo fechó en Venecia un extenso poema de 288 versos, titulado Las dos Américas, en el que se refiere a "América Latina" [9] . "Esporádico al principio ese nombre, se volvió en su pluma cada vez más sistemático durante el resto de su largo actividad fundacional y apostólica del latinoamericanismo, en tanto latinoamericanismo" [10] .

La primera consagración institucional, en el terreno práctico, del gentilicio latinoamericano, habría tenido lugar en medios eclesiásticos, cuando el Colegio o Seminario Americano en Roma comenzó a ser llamado Latinoamericano. Este hecho, según Ardao, se habría producido en 1862 [11] . Sabemos con certeza que al inicio de 1864 el Colegio ya era conocido normalmente como "Latino-Americano" [12] .

El periódico católico montevideano «El Mensajero del Pueblo» -cuyo primer número apareció el 1º de enero de 1871- utilizaba por lo general la expresión Colegio Pío Latino Americano [13] . Mariano Soler -tercer obispo de Montevideo desde 1891 y primer arzobispo desde 1897- en 1887 publicó en la capital uruguaya un opúsculo referido a dicho Colegio, titulado Memorial sobre el gran Instituto Eclesiástico de la América Latina, dedicado al venerable clero de la Iglesia latino-americana. Al año siguiente, en 1888, publicó en Roma su Memorial dedicado a los alumnos del Colegio P. L. Americano [14] y, en Montevideo, sus Memorias de un viaje de ambos por ambos mundos, uno de cuyos capítulos se titula La América Latina [15] . En la década de los ochenta, pues, el proceso genético del nombre América Latina estaba definitivamente cumplido, en el Uruguay como en el resto de América. Con el concilio plenario de 1899, los términos América Latina y latinoamericano alcanzarían especial difusión.

2. La preparación del CPLA
En octubre de 1997, durante las “III Jornadas de Historia de la Iglesia” organizadas por la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina, presenté una comunicación en la que analicé detenidamente el proceso de preparación del CPLA, en base a la documentación vaticana, sobre todo del Archivio degli Affari Ecclesiastici Straordinarii [16] . En esta ocasión, pues, sólo voy a referirme a las dos instancias fundamentales que constituyen el inicio y el final de la fase preparatoria del Concilio.

2.1. La propuesta de Mons. Mariano Casanova

El documento en que por primera vez y de manera explícita se propone a la Santa Sede la celebración de un Concilio de los obispos de América Latina, fue escrito por Mons. Mariano Casanova, arzobispo de Santiago de Chile. Se trata de una carta dirigida a León XIII, fechada el 25 de octubre de 1888. El manuscrito original latino [17] de esta carta ha sido reproducido en la tesis doctoral inédita que en 1991 el sacerdote argentino Diego Piccardo defendió en la Universidad de Navarra. Dicha tesis constituye la investigación de carácter histórico más completa hasta la fecha acerca del Concilio Plenario [18] .

Según Mons. Casanova, la Iglesia católica en América del Sur debía enfrentar el peligro de los gobiernos civiles y el de las sectas masónicas. Esos peligros se concretaban por ejemplo en las leyes del llamado matrimonio civil, separación de la Iglesia y del Estado, y muchas otras. Debido al regalismo existente en estas tierras, ningún obispo en su diócesis, ningún arzobispo en su provincia, podían convocar un Concilio "sin saberlo o contra la voluntad del Gobierno". Por tanto, como forma de remediar aquellos males, Casanova propuso

"convocar un Concilio Regional de todos los Arzobispos y Obispos de América Meridional, para que con la agregación de las luces de su ciencia, de su prudencia y experiencia, examinemos las necesidades de nuestras Iglesias, descubramos qué debe hacerse en los presentes tiempos tan calamitosos, hacer frente como si fuésemos un muro -con la común autoridad y fuerzas- a toda obra e industria del torrente de iniquidad; poner freno a los intentos de los hombres maliciosos [...], y sobre todo unirnos más a la Santa Iglesia Romana, Madre y Principio de las Iglesias, también lo pertinente a las ceremonias litúrgicas..." [19] .

La propuesta de que la reunión incluyera al episcopado de América del Sur, estaba motivada en que "todos tenemos el mismo origen, y por ello, hablamos el mismo idioma, vivimos las mismas costumbres, producimos las mismas leyes, disfrutamos las mismas tradiciones y finalmente, tememos los mismos peligros" [20] . Al final de su carta, Mons. Casanova propone "que sean convocados también todos los Obispos Mexicanos, por tener el mismo origen que nosotros" [21] .

Esta iniciativa del arzobispo chileno fue discutida y asumida en la Sesión 619 de la Sagrada Congregación de Asuntos Eclesiásticos Extraordinarios, celebrada el 31 de enero de 1889. Desde la propuesta de Mons. Casanova hasta la realización del CPLA pasaron más de diez años. En el proceso de preparación participaron numerosos cardenales y consultores, y además miembros de la jerarquía de toda América Latina, entre ellos todos los arzobispos.

2.2. Los documentos de la convocación al CPLA

2.2.1. Las letras apostólicas Cum Diuturnum

En la reunión de cardenales del 11 de diciembre de 1898 se estudió, entre otros temas, el texto que enviaría el papa para convocar al concilio. De los dos textos borradores, se eligió el más breve, y se le hicieron algunas modificaciones. El documento no sería finalmente una encíclica -como había solicitado la comisión a León XIII-, sino que adoptaría la forma de letras apostólicas.

En el borrador del documento, y para que no hubiera ningún riesgo de confusión, se propuso que se aclarara explícitamente que la convocación se dirigía a los obispos "de las Repúblicas de América Latina antes que simplemente de América Latina, porque ésta abraza también los dos Obispos de Trinidad, Colonia inglesa, dependiente de la Propaganda, y las dos sedes de Martinica y Guadalupe, colonias francesas, dependientes de Bordeaux, y las tres sedes, ya colonias españolas, de Cuba y de Puerto Rico, ahora más o menos dependientes de los Estados Unidos del Norte" [22] .

El 25 de diciembre de 1898 León XIII fechó, pues, las letras apostólicas Cum Diuturnum por las cuales convocó a los obispos al CPLA [23] . Luego de recordar su dedicación para consolidar o extender el reinado de Cristo en las naciones latinoamericanas, León XIII afirma:

"Hoy, empero, realizando lo que hace tiempo deseábamos con ansia, queremos daros una prueba de Nuestro amor hacia vosotros. Desde la época en que se celebró el cuarto centenario del descubrimiento de América, empezamos a meditar seriamente en el mejor modo de mirar por los intereses comunes de la raza latina, a quien pertenece más de la mitad del Nuevo Mundo. Lo que juzgamos más a propósito fue que os reunieseis a conferenciar entre vosotros con Nuestra autoridad y a Nuestro llamado, todos los Obispos de esas Repúblicas. Comprendíamos, en efecto, que comunicándoos mutuamente vuestros pareceres, y juntando aquellos frutos de exquisita prudencia, que ha hecho germinar en cada uno de vosotros una larga experiencia, vosotros mismos, podrías dictar las disposiciones más aptas para que, en esas naciones, que la identidad, o por lo menos, la afinidad de raza debería tener estrechamente coligadas, se mantenga incólume la unidad de la eclesiástica disciplina, resplandezca la moral católica y florezca públicamente la Iglesia, merced a los esfuerzos unánimes de todos los hombres de buena voluntad" [24] .

El papa manifiesta que la elección de Roma había partido de los mismos prelados, y pide disculpas porque dado las circunstancias, no podría acogerlos con la hospitalidad que hubiera querido. A continuación agrega que había dispuesto que la Sagrada Congregación del Concilio enviara "la convocatoria para el Concilio de todos los Obispos de las Repúblicas de la América Latina, que ha de reunirse en Roma el año próximo, y que dicte con oportunidad el reglamento a que debe sujetarse". Finalmente, envía su bendición apostólica. Esta carta fue enviada a los obispos de América Latina el 31 de diciembre de 1898 [25] .

2.2.2. La Circular de la S. C. del Concilio
El 7 de enero de 1899 el cardenal Ángel Di Pietro, prefecto de la Sagrada Congregación del Concilio, firmó una Circular dirigida a los prelados ordinarios de toda la América Latina [26] . En ella se determinan con precisión las normas generales que debían conocer los obispos antes de llegar a Roma. Dichas normas eran las siguientes:

1º El Concilio de celebraría en el Colegio Pío Latino Americano, y su primera sesión sería el domingo 28 de mayo, fiesta de la Santísima Trinidad. 2º Deberían asistir al Concilio: en primer lugar los arzobispos, y si alguno por impedimento legítimo no pudiera, debería nombrar un obispo que lo represente y comunicarlo a la Santa Sede. 3º Además tenían que asistir aquellos obispos que eran únicos en una República, o sea los de: San José de Costa Rica, Comayagua (Honduras), Nicaragua, San Salvador (de Centroamérica) y Paraguay. 4º Al resto de los obispos no se les impone la obligación de asistir, ya que no parecía conveniente que durante el Concilio toda América se quedara sin pastores. Sin embargo León XIII dispuso que cada metropolitano se reuniera con sus sufragáneos, quienes "elegirán para que los represente en el Sínodo a uno o a varios de sus Venerables Hermanos de la misma Provincia". 5º En dichas reuniones provinciales, los obispos debían "examinar con sumo cuidado las observaciones que cada Prelado hubiere juzgado conveniente hacer al Schema propuesto desde el principio, y que van adjuntas a estas letras; y manifestarán su opinión y sentir acerca de todos sus puntos, para que el Obispo u Obispos delegados puedan exponerlas y declararlas en el Concilio" [27] . 6º Si por causa legítima algún obispo no pudiese concurrir a esta reunión provincial, debería "mandar por escrito al Arzobispo su voto, tanto acerca de las susodichas observaciones, como acerca del Obispo u Obispos que se han de delegar para el Concilio, con el fin de que pueda tomarse de ello la debida razón" [28] .

Finalmente se señala que el cumplimiento de todas estas disposiciones "mucho interesa a la gloria de Dios y al bien de las almas", para que "con la ayuda de Dios, produzca en abundancia este Concilio Plenario, los saludables frutos que deseamos". Y luego de la firma del cardenal prefecto y su secretario, se lee: "Advertencia. Se servirán los Arzobispos y Obispos que vengan al Concilio, traer consigo el Schema de los Decretos" [29] .

Esta Circular recién partiría hacia América el 26 de enero de 1899 [30] . Como el tiempo era muy escaso y había mucho trabajo para realizar, el cardenal Rampolla, el mismo 26 de enero, envió un telegrama en clave a los representantes pontificios en América Latina, reproduciendo los términos de la Circular convocatoria.

3. La celebración del CPLA
El CPLA se desarrolló a lo largo de 43 días, desde el domingo 28 de mayo -solemnidad de la Santísima Trinidad- hasta el domingo 9 de julio de 1899, en el Colegio Pío Latino Americano. Los prelados que participaron en el Concilio fueron en total 53: trece arzobispos y cuarenta obispos [31] .

La representación más numerosa fue la de México, con trece prelados; seguía la de Brasil con once, la de Argentina con siete, y la de Colombia con seis prelados. Los cuatro países mencionados, en conjunto, aportaron el 69,8% del total de los prelados del CPLA. Centroamérica estuvo representada sólo por Mons. Bernardo Thiel, obispo de Costa Rica.

Los siete prelados argentinos fueron: el arzobispo de Buenos Aires, Mons. Uladislao Castellano, y los obispos: Reginaldo Toro, de Córdoba; Pablo Padilla, de Tucumán; Rosendo de la Lastra, de Paraná; Juan Agustín Boneo, de Santa Fe; Mariano Antonio Espinosa, de La Plata; y Matías Linares, de Salta [32] .

Cabe destacar que Mons. Castellano presidió en forma efectiva la séptima sesión solemne del concilio, celebrada el 29 de junio de 1899, y las congregaciones generales número 23 (30 de junio) y 24 (1º de julio) [33] . Mons. Toro fue uno de los cinco “jueces de querellas” del concilio, y Mons. Espinosa fue uno de los cuatro “relatores” del mismo [34] . También fue muy significativa la presencia de Mons. Boneo, ya que él había sido uno de los diecisiete fundadores del Colegio Pío Latino Americano en 1858. Durante el concilio integró la comisión creada a instancias del arzobispo de Montevideo, Mons. Mariano Soler, para tratar de resolver la situación de ruina económica en la que prácticamente se encontraba el Colegio [35] .

Se celebraron un total de 38 reuniones conciliares: veintinueve congregaciones generales, y nueve sesiones solemnes [36] . En las congregaciones generales, se discutió lo que luego serían los Decretos del Concilio, teniendo como base el Schema Decretorum y las Observationes Episcoporum et Notanda Consultoris. En las sesiones solemnes se aprobaba lo actuado hasta entonces, y en algunas de ellas se celebraron actos de particular relieve, como en la apertura, la consagración al Sagrado Corazón de Jesús y a la Purísima Concepción de María [37] , y la clausura.

No pretendemos aquí realizar un análisis del desarrollo de las distintas asambleas conciliares, ni del conjunto de los decretos finalmente aprobados [38] . Simplemente vamos a referirnos aquí en primer lugar al discurso inaugural del concilio y en segundo lugar a la promulgación de los decretos conciliares.

Por expreso pedido de León XIII, el discurso inaugural del CPLA estuvo a cargo del arzobispo de Montevideo Mons. Mariano Soler. En dicho discurso, como era de esperarse, fueron planteados los grandes temas a ser tratados en el Concilio. En primer lugar Soler menciona "la disciplina, la santidad, la doctrina y celo del clero" [39] , en estricta sintonía con el objetivo principal que la comisión cardenalicia había fijado para el Concilio, y también con las expectativas que León XIII tenía sobre el mismo. Y en segundo lugar, se refiere a "la moralidad, la piedad, el conocimiento más sólido de nuestra santa religión y la represión de perversas doctrinas en los pueblos a nuestro cuidado cometidos" [40] . Si el primer núcleo de temas estaba referido al clero, este segundo núcleo de temas se refería a los fieles. Según Soler, "la memoria de los tiempos pasados y la experiencia de los presentes", demostraba hasta la evidencia que el remedio a los males que aquejaban a la "República Cristiana" casi siempre eran fruto de los Concilios, a partir de los cuales se incrementaba "la piedad de los pueblos, el fervor de la disciplina eclesiástica, y el espíritu de unión entre los mismos Pastores" [41] .

El CPLA se clausuró el 9 de julio de 1900. León XIII designó una comisión especial de cardenales para que, en su nombre y con su autoridad, revisara los decretos del concilio. Finalizada la revisión, el papa promulgó dichos decretos el 1º de enero de 1900, a través de las letras apostólicas Iesu Christi Ecclesiam, en las que se lee lo siguiente:

“Y Nos, accediendo a los deseos de los Padres del primer Concilio Plenario de la América Latina, por las presentes Nuestras Letras, publicamos los Decretos del mismo Concilio ya revisados por la Sede Apostólica, y al mismo tiempo decretamos, que por estas Letras Apostólicas, y sin que obste nada en contrario, en toda la América Latina y en cada una de sus diócesis, dichos decretos se tengan universalmente por publicados y promulgados, y puntualmente se observen” [42] .

Esta promulgación ya había sido decretada por los mismos padres conciliares a través del artículo 994 en los siguientes términos:

“Y como ninguna ley puede tener fuerza de obligar, si no se promulga, determinamos que, apenas hayan sido examinados y reconocidos los decretos de este Concilio por la Santa Sede, inmediatamente se promulguen; y decretamos que, pasado un año de su solemne promulgación, tengan fuerza obligatoria, y surtan pleno efecto en todas las Iglesias de la América Latina, como si hubiesen sido promulgados en cada una de las diócesis, vicariatos, prefecturas y misiones” [43] .

En 1900, se publicaron en Roma dos volúmenes bajo el título, el primero, de Acta et Decreta Concilii Plenarii Americae Latinae y, el segundo, de Appendix ad Concilium Plenarium Americae Latinae [44] . De esta primera versión latina se hicieron ediciones posteriores en 1901 y 1902.

El Apéndice contenía un total 135 documentos, ya sea encíclicas, letras apostólicas, constituciones dogmáticas del concilio Vaticano I, decretos e instrucciones de las congregaciones romanas. En 1910 fue publicado un nuevo ejemplar del Apéndice, con documentos más recientes [45] .

Aunque no se incluyen en el Apéndice, una lectura detenida de los decretos conciliares permite señalar que los textos del concilio de Trento son los que aparecen citados con mayor frecuencia, exactamente 95 veces. Le siguen las constituciones dogmáticas Dei Filius y Pastor Aeternus del Vaticano I, que fueron citadas 37 veces. Sólo se registran diez citas de concilios provinciales latinoamericanos del siglo XIX: siete del concilio provincial de Nueva Granada (Colombia) del año 1868; una vez el concilio provincial de Quito (Ecuador) de 1869, y dos veces el concilio provincial de Antequera (México) de 1893. No deja de sorprender la ausencia casi total de citas referidas a documentos eclesiales latinoamericanos, ya sea de los primeros concilios de Lima y México del siglo XVI, como de los muy numerosos concilios provinciales y sínodos efectuados a lo largo de cuatro siglos [46] .

León XIII confió a Mons. José María Ignacio Montes de Oca, obispo de San Luis de Potosí, la traducción oficial castellana de las Actas y Decretos del CPLA. El obispo mexicano se encargó no sólo de la traducción, sino de la impresión del texto bilingüe (latín-castellano), que se publicó en Roma en 1906. Dicha traducción sería declarada auténtica por Pío X a través de las letras apostólicas Quod episcopis, dirigidas a Mons. Montes de Oca el 27 de marzo de 1906 [47] . El Apéndice no se llegó a traducir al castellano.

4. La significación del CPLA
En el decreto conciliar número 997 se lee lo siguiente: “En todos y cada uno de los archivos de cada diócesi[s], parroquia é Iglesia pública, se tendrá por lo menos un ejemplar de este Concilio Plenario, que en la visita pastoral se presentará al Obispo ó visitador, y se asentará en el inventario” [48] . O sea que cada sacerdote debía tener a su alcance una fuente clara y precisa de lo que debía hacer en su ministerio. Las varias ediciones que tuvieron las Actas y Decretos y también el Apéndice parecerían indicar que este decreto realmente se cumplió, aunque no se haya cumplido de manera uniforme en toda América Latina. En el imprimatur de ambos volúmenes consta que quedaba prohibida su reimpresión sin la autorización de la Santa Sede. Sin embargo, en algunos países se trasmitió la doctrina conciliar por medio de pastorales colectivas, en las que se daba a conocer, en castellano, lo expresado en los decretos conciliares.

Según Mons. Correa León, el primer capítulo de los Decretos, titulado “De la fe y de la Iglesia católica”, constituye una magnífica, clara y exacta síntesis de los documentos dogmáticos pontificios más recientes, una especie de ‘Enchiridion’ cuya utilidad práctica salta a la vista. El segundo capítulo, titulado “De los impedimentos y peligros de la fe”, expuso en forma por demás clara y concisa los errores doctrinales y los peligros prácticos que amenazaban la fe latinoamericana, tales como la superstición, la ignorancia, el socialismo, la masonería, la mala prensa, etc. Por otra parte, en este segundo capítulo se dictaron además normas prácticas para detener el avance de dichos errores y peligros [49] .

Pero el CPLA fue un concilio “eminentemente disciplinar”. Así lo calificó Mons. Mariano Soler en la pastoral que dirigió a sus fieles el 2 de abril de 1899, al partir hacia Roma [50] . En efecto, la parte disciplinar es la que presenta el mayor interés, especialmente por el aspecto jurídico, en cuanto que constituye una excelente compilación de buena parte de la legislación eclesiástica de la época. El P. Cayetano Bruno, con gran acierto, afirma que el Concilio Plenario de 1899 fue uno de los acontecimientos más trascendentales que vivió la Iglesia latinoamericana en el siglo XIX, no sólo porque unificó la acción de sus pastores sino porque ofreció un cuerpo de doctrina simplificador de las normas dispersas en el antiguo derecho [51] . De hecho, es evidente la semejanza de la obra conciliar con la del Código de Derecho Canónico de 1917, ya sea en su extensión como en la distribución general de las materias. Esto ha sido puesto de manifiesto con toda claridad por Mons. Correa León [52] . También es clara la influencia del concilio plenario en los sínodos argentinos de principios del siglo XX, como lo ha mostrado el P. Nelson Dellaferrera [53] .

El texto de las actas del CPLA finaliza con una Instrucción del Secretario de Estado, cardenal Mariano Rampolla, fechada en Roma el 1º de mayo de 1900 [54] . Dicho documento confirma y explica lo establecido en los decretos 208 y 288 acerca de la celebración de reuniones frecuentes en cada provincia eclesiástica, al menos cada tres años [55] . Aquella prescripción en algunas repúblicas evolucionó hacia la forma de conferencias episcopales nacionales. Por iniciativa de Pío XII, la actividad de integración eclesial cristalizaría en la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano celebrada en Río de Janeiro (Brasil) en 1955. Fruto maduro de aquella Conferencia fue la creación del Consejo Episcopal Latino Americano (CELAM). Su actual presidente, Mons. Andrés Rodríguez Madariaga, arzobispo de Tegucigalpa (Honduras), afirma que el CPLA constituyó "la primera gran tentativa de integración de la Iglesia en el Continente. Fue, por así decir, el punto de partida de la edad pastoral adulta de la Iglesia latinoamericana" [56] .

El año próximo se cumplirá el centenario del CPLA, y con tal motivo en la Santa Sede se proyecta realizar un acto conmemorativo. Será una instancia que sin duda permitirá profundizar en el significado y los alcances de aquel acontecimiento. Quiero finalizar con las palabras de Mons. Mariano Soler, primer arzobispo de Montevideo, quien refiriéndose al concilio plenario de 1899, afirmó: "Respecto de la misma América, no se registrará otro acontecimiento religioso más grande y trascendental en los anales de la Iglesia del Nuevo Mundo, a partir desde la época del descubrimiento" [57] .

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* Conferencia dada el 11 de junio de 1998 en las “II Jornadas de Historia Argentina y Americana”, organizadas por el Centro de Graduados en Historia de la Facultad de Filosofía y Letras de la Pontificia Universidad Católica Argentina.

** Doctor en Teología en la Universidad de Navarra (Pamplona, España). Profesor de Antropología en la Universidad Católica del Uruguay “Dámaso A. Larrañaga”. Profesor de Historia de la Iglesia en el Instituto Teológico del Uruguay “Mons. Mariano Soler” (Montevideo), agregado a la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma).

[1] El P. Wernz, profesor de la Universidad Gregoriana y consultor del CPLA, en un libro impreso en 1899 escribió: "Los Concilios Plenarios según el derecho común actualmente vigente, ni están prescriptos, ni generalmente permitidos, ni son ordenados por estatutos singulares; únicamente deben su legítima constitución y autoridad de la delegación de la Sede Apostólica", Francisco X. WERNZ, Ius Decretalium ad usum praelectionum in scholis textus canonici sive iuris decretalium, II, Ius Constitutionis Eccles. Catholicae (Romae 1899), pág. 1092.

[2] Vid. Actas y Decretos del Concilio Plenario de la América Latina celebrado en Roma el Año del Señor de MDCCCXCIX. Traducción oficial (Roma 1906) [en adelante se citará: Actas], págs. XXI-XXII.

[3] Cfr. Eduardo CÁRDENAS, El primer Concilio Plenario de la América Latina, 1899, en: Quintín ALDEA - Eduardo CÁRDENAS (dirs.), Manual de Historia de la Iglesia, t. 10: La Iglesia del siglo XX en España, Portugal y América Latina (Barcelona 1987) [en adelante se citará: CÁRDENAS], pág. 520.

[4] Vid. Arturo ARDAO, El verdadero origen del nombre América Latina, en: ID., Nuestra América Latina (Montevideo 1986) [en adelante se citará: ARDAO, NAL], págs. 31-44; vid. también ID., Génesis de la idea y el nombre de América Latina (Caracas 1980); España en el origen del nombre América Latina (Montevideo 1992).

[5] Esta Introducción de la obra de Michel Chevalier se reproduce en: Arturo ARDAO, Génesis de la idea y el nombre de América Latina (Caracas 1980), págs. 153-167.

[6] Ibid., pág. 162.

[7] José M. TORRES CAICEDO, Mis ideas y mis principios, t. 1 (París 1875), pág. 151, cit. ARDAO, NAL, pág. 40. El subrayado es nuestro.

[8] ARDAO, NAL, pág. 42. El autor hace constar que investigó la actuación periodística de Torres Caicedo en París, y también en Bogotá, en el año 1967, y que otras investigaciones podrían aportar nuevas revelaciones.

[9] Vid. José M. TORRES CAICEDO, Las dos Américas, en: «El Correo de Ultramar» [París], 15.2.1857; también publicado en: ID., Religión, patria y amor (París 1862). Los versos que reproduce Ardao son los siguientes: "La raza de la América Latina / al frente tiene la sajona raza [...] El Norte manda sin cesar auxilios / a Walker, el feroz aventurero", ARDAO, NAL, pág. 43.

[10] ARDAO, NAL, pág. 44.

[11] "Hasta donde hemos podido establecerlo, el primer episodio de ese carácter tuvo lugar muy tempranamente en el ámbito del vaticano, cuando en 1862 el hasta entonces llamado 'Colegio Americano del Sur', cambió su nombre por el de 'Colegio Latinoamericano', convertido muy poco después en el histórico 'Colegio Pío Latinoamericano", ARDAO, NAL, pág. 104. Se debe precisar que hasta 1867 se usaron distintos nombres para designar a aquel establecimiento: Seminario Americano, Colegio Americano del Sur, o Latino Americano, o Americano Latino. El 22.2.1859 se hablaba del "Seminario Hispano-Americano", vid. «El Catolicismo» [Colombia] 6 (1859) 57; el 15.1.1860 el Rector del establecimiento, P. Juan Marcucci, se refería al "Colegio de la América Española y Portuguesa", vid. l.c., 7 (1860) 215-216. El cambio de nombre definitivo se produjo en julio de 1867, cuando con el consentimiento de Pío IX pasó a llamarse Colegio Pío Latino Americano.

[12] Vid. Programa del Colegio Latino-Americano erigido en Roma bajo la protección de Su Santidad y confiado a la dirección de los Padres de la Compañía de Jesús, Roma, Enero 15 de 1864, en: Archivo de la Curia del Arzobispado de Montevideo, Gobierno de Mons. Vera, Caja 311-8/8 (1860-1904), Carpeta 7.

[13] Esta expresión aparece por primera vez en: «El Mensajero del Pueblo» 1 (1871) 79; no la hemos encontrado, sin embargo, en «La Revista Católica», que se publicó en Montevideo en 1860-1861.

[14] Mariano SOLER, Memorial sobre el gran Instituto Eclesiástico de la América Latina, dedicado al venerable clero de la Iglesia latino-americana (Montevideo 1887); Memorial dedicado a los alumnos del Colegio P. L. Americano (Roma 1888).

[15] ID., La América Latina, en: ID., Memorias de un viaje por ambos mundos, escritas por el Doctor D. ..., El Oriente-Europa-América (Montevideo 1888), t. 2, págs. 188-203.

[16] Pedro GAUDIANO, La preparación del Concilio Plenario Latinoamericano, según la documentación Vaticana, en vías de publicación en la revista «Teología» [Buenos Aires].

[17] AA.EE.SS., America, Anno 1889-1890, Pos. 53, Fasc. 3, fol. 2r-5v.

[18] Vid. Diego R. PICCARDO, Historia del Concilio Plenario Latinoamericano (Roma 1899), Tesis doctoral, Promanuscrito, Facultad de Teología de la Universidad de Navarra (Pamplona 1991) [en adelante se citará: PICCARDO], págs. 359-366. Vid. también Mariano CASANOVA, Obras pastorales del Ilmo. y Rmo. Señor Dr. D. ..., Arzobispo de Santiago de Chile, con un retrato del autor (Friburgo de Brisgovia [Alemania] 1901).

[19] PICCARDO, págs. 360-361.

[20] Ibid., págs. 361-362.

[21] Ibid., pág. 365.

[22] AA.EE.SS., America, Anno 1898-1899, Pos. 95, Fasc. 67, fol. 61r, reproducido en su original italiano en: PICCARDO, pág. 195, nota 120.

[23] Vid. el texto en: Actas, págs. XXI-XXIII.

[24] Actas, págs. XXI-XXII.

[25] El 4 de febrero de 1899 eran publicadas en un periódico montevideano, vid. «La Semana Religiosa» 13 (1899) 9474.

[26] Vid. el texto de la misma en: Actas, págs. XXIV-XXVI.

[27] Actas, pág. XXV.

[28] Ibid., págs. XXV-XXVI.

[29] Ibid., pág. XXVI.

[30] En Montevideo la Circular fue publicada el día 11 de marzo, vid. «La Semana Religiosa» 13 (1899) 9550-9551.

[31] Vid. Actas, págs. XLVIII-XLIX; sobre los datos biográficos de los padres conciliares, vid. María M. ESANDI, El Concilio Plenario de América Latina. Datos biográficos de los Padres Conciliares (Roma - 1899), Promanuscrito, Mémoire présenté pour l'obtention du grade de Licenciée en Sciences Historiques, Université Catholique de Louvain, Faculté de Philosophie et Lettres, Nº L.V.L. 15479 ([Louvain] 1973).

[32] Vid. Actas, págs. XLVIII-XLIX. Algunos autores, por error, afirman que Argentina envió seis prelados, al igual que Colombia; así por ejemplo CÁRDENAS, pág. 520. A la provincia eclesiástica argentina pertenecía, además, el obispado sufragáneo de Paraguay, cuyo prelado, Mons. Sinforiano Bogarín, también participó en el CPLA.

[33] Vid. Actas, págs. XCVIII-C.

[34] Vid. ibid., pág. L.

[35] Mariano Soler, primero como sacerdote, y luego como obispo y arzobispo, fue un permanente impulsor y promotor del Colegio Pío Latino Americano de Roma, a tal punto que ha sido llamado su "Segundo fundador". Sobre la actuación conciliar de Soler, vid. Pedro GAUDIANO, Mons. Mariano Soler, primer Arzobispo de Montevideo, y el Concilio Plenario Latino Americano [Disertación doctoral en la Universidad de Navarra], en: «Anuario de Historia de la Iglesia» [Pamplona] 7 (1998) 375-382; ID., ibid. [Extracto de la tesis doctoral], en vías de publicación en: «Excerpta e Dissertationibus in Sacra Theologia» [Pamplona].

[36] Vid. Extracto de las Actas de las Sesiones y Congregaciones, en: Actas, págs. LVII-CXXXXIX.

[37] Dicha consagración tuvo lugar el 11.6.1899, vid. Cuarta Sesión Solemne, en: Actas, págs. LXXXVII-LXXXVIII; vid. también «La Semana Religiosa» [Montevideo] 13 (1899) 9884; la fórmula de la consagración, y las palabras que añadió el presidente del Concilio, en: l.c., 10043-10044.

[38] Sobre tales temas, vid. Actas; CÁRDENAS, págs. 524-548; PICCARDO, págs. 229-288.

[39] "En esta santa Asamblea, debemos dirigir todos nuestros cuidados y afanes, a la discusión de aquellas materias que más hayan de fomentar en nuestras regiones, la disciplina, la santidad, la doctrina y el celo del clero", Actas, pág. LXVIII.

[40] Ibid.

[41] Ibid., págs. LXVIII-LXIX.

[42] Vid. ibid., pág. XVII.

[43] Ibid., pág. 563.

[44] En 1899 y para uso exclusivo de los padres conciliares, se había publicado un volumen titulado Appendix ad Schema decretorum pro Concilio Plenario Americae Latinae, con 85 documentos del magisterio pontificio y varias instrucciones dictadas por las congregaciones romanas, cfr. María M. ESANDI, El Concilio Plenario cit., pág. 29.

[45] Appendix ad Concilium Plenarium Americae Latinae Romae celebratum Anno Domini 1899 additis recentioribus documentis (Romae 1910).

[46] Hemos tomado estos datos de María M. ESANDI, El Concilio Plenario cit., pág. 31.

[47] Cfr. Actas, págs. X-XIII.

[48] Ibid., págs. 564-565.

[49] Vid. Pablo CORREA LEÓN, El Concilio Plenario Latinoamericano de 1899 y la Conferencia Episcopal Latinoamericana de 1955, en: «Cathedra» [Bogotá] 11 (1957) I, 47-55.

[50] Vid. Mariano SOLER, Carta Pastoral del Exmo. Señor Arzobispo con motivo de la celebración del Concilio Plenario de la América Latina, en: «La Semana Religiosa» [Montevideo] 13 (1899) 9619-9623.

[51] Cfr. Cayetano BRUNO, Historia de la Iglesia en la Argentina, t. 12 (1881-1900) (Buenos Aires 1981), pág. 345.

[52] Vid. Pablo CORREA LEÓN, El Concilio Plenario cit.

[53] Vid. Nelson C. DELLAFERRERA, El Concilio Plenario Latinoamericano y los Sínodos Argentinos de principios del siglo XX, en: «Anuario Argentino de Derecho Canónico» [Buenos Aires] 1 (1990) 87-140.

[54] Mariano RAMPOLLA, Instructio circa conventus Episcoporum Americae Latinae, en: Actas, págs. CLXXXI-CLXXXII; este documento no se incluye en la primera edición latina de las Actas y Decretos.

[55] En el decreto 208 se transcribe la siguiente exhortación, tomada de la carta que León XIII dirigió al episcopado brasilero el 2.7.1894: "Reine entre vosotros la más estrecha caridad y concordia de pareceres, opinando todos una misma cosa, teniendo todos los mismos sentimientos (Philip. II, 2). Para conseguirla, os recomendamos encarecidamente que con frecuencia os comuniquéis vuestras opiniones y, en cuanto lo permitan las distancias y vuestros sagrados deberes, multipliquéis más y más las reuniones episcopales". Y a continuación, el mismo decreto establece: "El tiempo de estas reuniones no deberá pasar de tres años, y se fijará en cada Provincia de común acuerdo de los Obispos", Actas, pág. 136. El decreto 288, remitiendo al decreto 208, menciona "la celebración de las juntas episcopales, al menos cada tres años", Actas, pág. 175.

[56] Cfr. Oscar A. RODRÍGUEZ MADARIAGA, Presentazione, en: Enchiridion. Documenti della Chiesa Latinoamericana (a cura di P. Piersandro Vanzan S.I.) (Bologna 1995), págs. 5-6. Esta publicación, en italiano, contiene una selección de documentos de la Iglesia Latinoamericana: del CPLA (1899) y de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992).

[57] Mariano SOLER, Carta Pastoral cit.

Repaso a la Liturgia tras el Concilio Vaticano II... aumentan las comunidades que quieren celebrar el Rito Tridentino

Cuando se habla de reforma litúrgica viene a la mente la idea de una renovación de los ritos, si bien esta idea no esta alejada de la realidad, lo que se busco realmente no fue innovar o crear nuevas liturgias sino volver a antiguas costumbres y tradiciones lo más cercano en el tiempo a la Iglesia apostólica, eso sí, sin desconocer las aportaciones de los concilios a través de toda la historia de la Iglesia Católica.


Introducción


La reforma litúrgica se tiende a ver así como el despertar de un largo letargo, pero fue este un despertar lento ya que desde la pérdida de las liturgias originales los intentos de volver a la misma se dieron durante mucho tiempo antes del concilio Vaticano II, siendo la reforma de la constitución “Sacrosanctum Concilium”, el culmen, final y principio de este largo proceso.


La liturgia es en donde la obra redentora realizada por Cristo continua en la Iglesia, por esta razón era tan importante recuperar estos ritos ya hace tanto tiempo perdidos, pues era la única forma de respuesta por parte de la Iglesia al proceso de secularización y desacralización en la cual la sociedad del siglo XX se veía inmersa.


La liturgia consta de una parte que es inmutable, por ser de institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar , pues es la única forma de mantenerse en el tiempo, respondiendo de esta forma a las necesidades del pueblo cristiano, de una Iglesia más cercana y adecuada para transmitir el evangelio.



Perdida de los orígenes litúrgicos


Hasta el concilio Vaticano II la liturgia católica venia arrastrando ya una larga historia en materia litúrgica, una liturgia que había sido moldeada según la época y la teología pues (ritos en su forma y estructuración obedecen a una necesidad social que no es extraña al pueblo cristiano) en los inicios del cristianismo sólo los gestos rituales instaurados por Jesús mismo son los que tenían importancia y aceptación en el seno de la comunidad cristiana, tales como el bautismo, la cena común (nuestra actual eucaristía) o la invocación de la divinidad, como lo es la oración del “Padre Nuestro”; Pero esto no se mantuvo durante mucho tiempo ya que la naciente comunidad se vio en la necesidad de adecuar y absorver tanto fiestas como celebraciones para poder llegar así a la masa de paganos que estaban fuera de la Iglesia y que no eran por tanto conocedores del mensaje evangélico.


Con el tiempo y en forma contraria a la intención que se tuvo en un principio, los ritos lejos de acercar entre si a los cristianos en una forma de alabanza común, degeneraron en una liturgia incomprensible para el vulgo, siendo en si ritos con poco sentido para la asamblea laica, que no pertenecía al orden sacerdotal, teniendo que contentarse con ser un mero espectador de los ritos oficiados por el sacerdote, el cual era el único con el conocimiento suficiente para comprenderlos en profundidad.


Desde sus inicios la Iglesia articuló y dio forma a estructuras que le permitieron mantenerse en el tiempo y organizar todo un funcionamiento que le ayudo a expandirse más allá de la Palestina de Jesús, con intención de llevar el mensaje a todos los pueblos de la salvación para todos los hombres. De las estructuras a las que se dio forma hay dos puntuales que tuvieron influencia directa sobre la liturgia: la estructuración dogmática y la formulación de una estructura jerárquica. Ambas tuvieron relevancia en la formación y transformación de los ritos que han llegado hasta hoy. Son ejes sin los cuales la liturgia no hubiera llegado a ser como la conocemos hoy en día.


De ambos ejes nombrados anteriormente el que tuvo grandes repercusiones, y ayudó sobremanera al alejamiento entre el pueblo cristiano y la liturgia, fue el de la estructuración dogmática. La Iglesia Católica, en su intento de mantener la ortodoxia y de defender la verdad en su lucha contra las herejías (arrianos, nestorianos, monofisistas, etc.), fue creando un gran universo de dogmas, es decir, verdades de carácter infalible que deben ser “aceptadas ahora y siempre” por obligación por el pueblo cristiano, manteniendo de esa forma el depositum fidei que le había sido confiado.


La práctica en la Iglesia por querer defender la verdad frente a las herejías y desviaciones doctrinales propagadas por ciertos grupos, hizo que se dejara de lado la preocupación por la liturgia como practica de unión de los cristianos. Esto llevó en algunos casos a la búsqueda de otros caminos por parte de la masa creyente, particularmente lo que dio en llamarse “piedad popular”, práctica que durante largo tiempo fue el camino más transitado hacia la divinidad que tuvieron los cristianos laicos. Sin embargo este fenómeno no fue indiferente a la jerarquía, que hizo uso de ella solo cuando fue necesario, como en la lucha contra el protestantismo o contra los católicos doctos de la ilustración.


Después de perdido el verdadero sentido de los ritos heredados por el pueblo cristiano se levantó un muro que no seria franqueado en mucho tiempo: la división entre liturgia del sacerdote y la del pueblo, entre teología y fe vivida.


Los dogmas eran verdades que al vulgo no le interesaban, tanto porque no repercutían profundamente en su vida, como así también por que le eran incomprensibles. Los fieles solo se apegan a las prácticas y, no intentan siquiera comprender los dogmas, incluso le son indiferentes, aun en el siglo XX un autor se quejaba, ¡Cuantos confunden todavía la Inmaculada Concepción de la Virgen Con el nacimiento virginal de Cristo!



A través de los siglos, se fue acentuando cada vez más la diferencia entre la liturgia del celebrante (sacerdote) y la del pueblo. Los creyentes, con el correr del tiempo y en vista de lo extraño e incomprensible de los ritos perdieron cierto interés en los mismos provocándose el proceso de “desacralización”, es decir, se perdió la noción de lo sagrado llevando así a la secularización de una parte de los cristianos.

Algunos hombres dentro del seno de la Iglesia fueron capaces de darse cuenta de lo dicho anteriormente y de la necesidad imperiosa de generar un cambio desde adentro y no esperar que se generara un cambio afuera, en la masa de creyentes que no parecían dispuestos a acercarse a una liturgia, que ya no los llenaba en plenitud. El desinterés por formar al pueblo en esta materia había provocado una respuesta en igual sentido hacia la liturgia.


La Iglesia necesitaba una reforma urgente, una adaptación; Esto según las necesidades por las cuales era increpada como ya había hecho en diversas épocas. Ya desde San Pablo, la Iglesia ha venido adaptándose constantemente; En un principio la catequesis a postulados de otras religiones (paganos), pasando por personajes como Orígenes y Santo Tomas de Aquino, en la conciliación del pensamiento griego y fe cristiana el primero y de repensar la dogmática en función de la filosofía aristotélica el segundo, llegando hasta el Concilio de Trento.


Mucho antes de que se pensase remotamente en la posibilidad de un concilio como el Vaticano II, en el año 1884 el benedictino Anselm Schott editó su “Misal para seglares”, cuyo fin era permitir al fiel seguir orando con el celebrante en forma silenciosa y en lengua vernácula. Esta iniciativa de Schott no fue con mucho la primera de este tipo. Hay que recordar en el siglo XVI a los monjes camaldulenses Pablo Justiniani y Pedro Querini, autores de “Libellus ad Leonem X”, que entre las numerosas reformas propuestas para revitalizar la liturgia estaba la del uso de la lengua vernácula en la celebración de los “Misterios”.


Mas o menos por la misma época la Iglesia Católica se veía enfrentada al problema que representaba la reforma protestante, ante la cual reaccionó con el Concilio de Trento, con motivo de las objeciones puestas por los reformadores en gran parten materia de liturgia, por lo cual, el concilio tuvo que ocuparse, en sus tres fases de cuestiones referentes a la liturgia y a la piedad popular, tanto bajo el aspecto doctrinal como cultual.


Lo que con las reformas a la liturgia surgida a partir de este concilio parecía tan positivo, tales como: la revisión del calendario y del rito romano o la creación de la “Sagrada Congregación de Ritos”, resultó no ser como se esperaba, ya que el culto adquirió una rigidez extrema, y parecía ser que la liturgia era algo exclusivamente jerárquica, separando aun más la liturgia del pueblo, que ya a estas alturas había afianzado su relación con la piedad popular como única forma de hallar un camino hacia Dios.


Los intentos para una reforma en el ámbito litúrgico no pararon ahí. La visión de algunos otros hombres, dentro de la Iglesia, mostraba que hacia falta de forma urgente un cambio para sobrevivir a los que se habían gestado en el entorno del catolicismo. A la iniciativa de Schott, aunque de forma independiente, se sumaban los congresos eucarísticos que en los lugares de lengua francesa se venían celebrando desde 1884, y que más tarde desde 1905, se comenzaron a celebrar también en otras partes. Uno de estos congresos, el de Malinas (1909), tuvo a bien expresar el deseo de de hacer del misal un libro de oraciones para los fieles.


El pontificado de Pío XII, fue sin duda, el que dio el impulso definitivo a todo el trabajo que se venia arrastrando en materia de reforma a la liturgia. De hecho, la promulgación del documento “Sacrosanctum Concilium”, en el margen del concilio, concluía iniciativas que se habían iniciado durante la segunda mitad del gobierno del citado pontífice.


Las iniciativas desarrolladas durante el pontificado de Pío XII tuvieron su cumbre en la promulgación de cuatro encíclicas: “Divino Afflante Spiritu” (1943), “Mystia Corporis” (1943), Mediator Dei” (1947) y, “Humani Generis” (1950). Fuera de estos cuatro documentos, hay dos hechos que son representativos durante el gobierno del citado pontífice en lo que a intentos de reforma se hrefiere: La renovación de la liturgia de la Vigilia Pascual (1951), y la reducción del ayuno eucarístico a tres horas (1957). El primero restauraba una antigua práctica cristiana, la de esperar durante la noche la resurrección de Cristo. El segundo hecho ponía como posibilidad a los fieles el poder comulgar en una misa vespertina.


Para antes de la llegada del concilio hay un hecho puntual que a simple vista parece ser insignificante, pero que allanó el camino para la futura reforma. Me hrefiero al hecho de la orientación ultramontana que se dio a la liturgia bajo el pontificado de Pío IX, orientación que era restauradora de la liturgia dictada por Roma, eliminando cualquier intento de orientación por otra vía. El cánon romano y la liturgia romana vinieron a considerarse como “hechura perfecta del Espíritu Santo” .


Este extraño proceso, y digo extraño porque ayudó a la reforma del concilio a la que se oponía en orientación, pues, precisamente atacaba y eliminaba cualquier intento de cambio por mínimo que fuera en la liturgia, puso una base sobre la cual más tarde estando la liturgia unificada trabajarían los padres conciliares.


Como bien dice Paul Johnson, la política (de la Iglesia) cambió en casi todos sus aspectos a partir de fines de 1958, cuando Angelo Roncalli sucedió Pío XII, con el nombre de Juan XXIII,y sin duda, tenia razón. Este Papa abrió las puertas de la Iglesia para cruzar él un muro que ya hacia años parecía infranqueable: el de la liturgia.


Cuando Juan XXIII llamó al concilio, sin duda, tenia en mente que las premisas estaban dadas para que se pudiera desarrollar un cambio en la vida de la Iglesia y de hecho así era, el entorno social solicitaba una adecuación para poder hacer frente a la crisis espiritual en la que muchos católicos se veían inmersos.






El Concilio




Después de la promulgación de la infabilidad papal se creyó innecesario la convocatoria de nuevos concilios, aunque desde Benedicto XV se consideró como una posibilidad convocar uno. Pero sin duda nadie pensó que un Papa que estaba alrededor de los setenta años y que era considerado un pontífice de transición después del largo papado de Pío XII, fuera capaz de convocar un concilio que cambiaría en forma radical el rostro de la Iglesia. Su nombre, Juan XXIII.


El 25 de Enero de 1959 Juan XXIII anunció su convocatoria a un concilio general de carácter ecuménico. Este concilio que seria conocido como Vaticano II (para demostrar que no era una continuación del inconcluso de Pío IX), fue el que entre sus muchos trabajos tuvo la delicada tarea de hacer una reforma en la liturgia.


Los trabajos en torno a la reforma litúrgica comenzaron con el pie derecho, por expreso deseo de Juan XXIII. Este seria el primer tema a tratar, que ya en el verano de 1962, al ser enviados los esquemas a los obispos que participarían en el concilio, tuvo una gran aceptación de todos los consultores que ya habían sido sensibilizados por el movimiento litúrgico.


Las discusiones sobre esta materia comenzaron el 22 de Octubre y, se extendieron hasta el 13 de Noviembre. Dentro de los debates salieron a flote olvidados datos sobre la comunidad cristiana en relación con la liturgia y también el de la fe entendida como parte de un todo, de la comunidad cristiana.


Lamentablemente y a pesar de todo el esfuerzo y del consenso logrado, con motivo de objeciones y enmiendas, el 19 de Noviembre se anunció que la conclusión del tema se dejaría para la posterior fase conciliar.


Efectivamente, con la conclusión del segundo periodo conciliar el día 4 de Diciembre de 1963, fue aprobada la constitución sobre sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, con la siguiente votación: 2147 votos a favor, 4 en contra y 1 abstención, lo que significó un reconocimiento muy amplio dentro del grupo de los padres conciliares.


El documento conciliar que fue aprobado siendo Papa Pablo VI tuvo su ultimo problema que superar precisamente con su promulgación, que estaba prevista como en el Concilio Vaticano I, pero dada la nueva conciencia eclesiológica dentro de la Iglesia esto no era viable bajo ninguna perspectiva. El Papa, consciente de esto optó por una fórmula que dejaba en claro que no era solo él quien promulgaba el documento sino el concilio en su conjunto.


Mientras el Concilio continuaba, ya promulgado el documento, el contenido del mismo pasaba de los Obispos a la Iglesia entera, lo cual implicaba la puesta en práctica desde ya de la reforma litúrgica; Pero por suerte esto no se transformó en un problema puesto que no había impedimento para hacerlo. Así el día 25 de enero, Pablo VI creo un “Concilium” especial, que se ocuparía de la puesta en práctica del contenido de la constitución. Mas tarde dicho concilium fue absorbido por la Congregación de Ritos, que era a quien correspondía legalmente dicho trabajo.


El documento conciliar “Sacrosanctum Concilium” significó un cambio radical para la Iglesia que comenzó a ser entendida por los fieles laicos como un “somos Iglesia”, esto tras tener una participación no imaginada antes en la liturgia.




El documento


Finalmente y después de los debates sobre los esquemas originales, y tras su redacción final la constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, quedó estructurada de la siguiente forma: un proemio y siete capítulos, más un apéndice sobre un proyecto de revisión del calendario, además de numerosas subdivisiones dentro de los propios capítulos.





El carácter de renovación que impulsó este documento no tiene parragón en la historia de la Iglesia. Un ejemplo es que ya pasados veinticuatro años desde su publicación, el día 4 de diciembre de 1988, Juan Pablo II,publicó una carta apostólica, con motivo de la aplicación de la reforma litúrgica. Incluso hoy mismo la reforma suscita dentro de la Iglesia debates entre partidarios y detractores.


El documento (conciliar) permitía dar un salto sobre el muro que hace tanto tiempo se había interpuesto entre los fieles y el clero, al permitir el uso de la lengua vernácula y dejar de ser obligatorio el uso del latín, no solo en las oraciones sino también en toda la liturgia; en los cantos, las lecturas y en los misterios. Este cambio dentro de la liturgia que se vio principalmente por su mayor cercanía a los fieles, en la Misa, tiene su origen en la revisión de los libros litúrgicos como el documento ordena: Revísense cuanto antes los libros litúrgicos, valiéndose de peritos y consultando a Obispos de diversas regiones del mundo.


Seria extremadamente largo y cansado enumerar todas y una por una la gran cantidad de reformas y de iniciativas que se derivan del documento mismo, sin embargo, se pueden englobar principalmente en tres grupos:


a) La reforma de los ritos poniendo de manifiesto la importancia que la asamblea en si debe tener, convirtiéndose como en el caso de la Eucaristía en participantes activos y no pasivos.


b) Recuperación para los fieles de antiguas tradiciones o costumbres del cristianismo como el rezo del “Oficio Divino” o la reinstauracion del “Catecumenado”


c) Por ultimo y como consecuencia de las dos anteriores, la mayor participación de los fieles en las celebraciones litúrgicas derribando la barrera entre jerarquía y asamblea, creándose un sentimiento de que todos en conjunto “somos Iglesia”.






La Reforma Litúrgica


Al comparar la liturgia pre-conciliar con la actual salta a la vista el gran avance que lograron los padres conciliares con la promulgación del documento “Sacrosanctum Concilium”. Este cambio fue tanto de forma como de fondo transformando así la liturgia en algo más vivo y propio de la Iglesia en su conjunto, al ser participes todos con plegarias, gestos y silencios.


La traducción de Biblias, textos litúrgicos, misales, etcétera, a lengua vernácula representa, sin duda, el alcance más notorio de la reforma, ya que ponía fin a siglos de liturgia en latín, una lengua ya caída en desuso y que si bien es cierto mantenía una tradición entorpecía la comprensión de la liturgia en el pueblo, pues no tenia receptores preparados para recibirla, aplicarla a la vida y transmitirla.


No cabe duda que la Eucaristía ha sido la más afectada (en forma positiva) por los cambios impulsados por el Concilio Vaticano II, entre los cuales podemos nombrar el gran énfasis puesto en la liturgia de la palabra, las nuevas plegarias eucarísticas y la comunión bajo las dos especies. Estos cambios dentro de la Eucaristía resaltaron su dimensión eclesiológica al poner de manifiesto la importancia de la misma en la vida del cristiano, siendo con la vida comunitaria, la oración y la escucha de la palabra pilares fundamentales en la formación del individuo como un cristiano activo dentro de la Iglesia.


Las plegarias eucarísticas recogidas por el “Canon Romano” bajo el pontificado de Pablo VI comenzaron a hacer de la celebración de la Eucaristía algo mucho más cercano a la asamblea, que veía cómo las plegarias en su intento por identificarse con la misma habían sido estructuradas para convertir el pueblo cristiano en una “Ecclesia Orans”


La Misa en sus plegarias se reformó innovando, volviendo la atención a antiguas usanzas, a diversos tipos de celebración Eucarística, en especial a la de tipo alejandrino y antioqueno. La idea central fue juntar y uniformar las diversas plegarias para poder facilitar así la comunión de la Iglesia en general buscando una estructura de índole universal con la cual todos pudieran sentirse identificados. Si bien es cierto que se unieron distintas plegarias no se dejó de lado la preocupación por la posible mal interpretación de algunos gestos o palabras que no significan lo mismo en culturas diferentes, los cuales fueron corregidos en medio de los trabajos o en algunos casos hasta omitidos.


Finalmente la plegaria eucarística quedó de la siguiente forma: Aclamación; Anámnesis del Antiguo y Nuevo Testamento; Epíclesis para la consagración; Consagración;Anámnesis de los Misterios de Cristo; Ofrenda del sacrificio; Epíclesis de comunión; Intercesiones; Doxologia.


Esta reforma de la liturgia eucarística lejos de transformarla en algo nuevo y original, recogía resabios de antiguas tradiciones acercándola aun más a las fuentes originales.


La liturgia de la palabra como celebración de los fieles vino a instaurarse de dos formas: la primera dentro de la Misa en un orden anterior a la celebración Eucarística, pero íntimamente ligado a ella, y segundo como una celebración independiente preparada muchas veces por los mismos fieles en la selección de las lecturas y los cantos que han de acompañar a las mismas. La posibilidad de escuchar la palabra en la propia lengua abrió la posibilidad de una mayor profundización en la fe que ya no solo tendría como pilar las prácticas de piedad.


Después del concilio el bautismo de niños se inserta en el conjunto de la iniciación cristiana casi del mismo modo que antes del mismo, pero eso si con relevantes cambios dentro del ritual dando un paso importantísimo en el papel que padres y padrinos tienen con y para el nuevo bautizado. Se comenzó una especie de Catecumenado para padres en el cual se les instruía sobre las responsabilidades junto con los padrinos de la iniciación del niño en la vida cristiana. Esta preparación cumple también la función de dilación en el tiempo para comprobar los verdaderos motivos que llevan a los padres a solicitar el bautismo y a rectificarlos en el caso de que no sean los correctos. Se pone también especial énfasis en reforzar la fe, para que así pueda ser traspasada correctamente.


Este nuevo ritual de bautismo de niños se puede dividir en cuatro etapas: la acogida, la celebración de la palabra, el bautismo del infante y la despedida. Como se puede ver su estructura es sencilla, pero no por eso menos profunda ya que su totalidad esta basada en la doctrina bíblica sobre el bautismo.


Como la Escritura da pocos datos sobre ella, la Confirmación tiende a relegarse a un segundo plano, pero es en realidad un muy importante sacramento, a través del cual se traspasa el Espíritu Santo al iniciado.


La práctica de este sacramento ha variado según las épocas y las necesidades. El Concilio Vaticano II, no hace ni grandes aportaciones, ni importantes cambios en su estructura, pero confirma antiguas prácticas e ideas.


Siendo que en un principio este sacramento se confería junto con el bautismo y la Eucaristía, pasando posteriormente a estar entre ambos, desembocó hasta poco antes del Concilio en un lugar posterior a estos dos sacramentos, lugar que el mismo Concilio le confirmó dentro de la iniciación cristiana. El Concilio le confiere a este sacramento el carácter de don de fuerza para la lucha en la vida del cristiano; Es un sacramento íntimamente vinculado al testimonio.


Las posturas pastorales posteriores al Concilio tienden a retrasar este sacramento lo más posible en el tiempo, aunque eso sí, hay cierta tendencia a situarlo entre los 16 y 18 años, con una notable diferencia con lo que se venía dando antes del Concilio desde mas o menos el año 1910.


La confesión o sacramento de la reconciliación tuvo su lugar dentro de la reforma litúrgica, aunque eso sí con un perfil mas bien bajo. El ritual promulgado hace hincapié no solo en la confesión de los pecados sino en la conversión del individuo, en la reconciliación con Dios a través de un cambio de vida posterior a la absolución. No entraremos profundamente en lo que es el ritual, pero diremos que se divide en tres: ritual para un solo penitente, para varios penitentes con confesión individual y para absolución colectiva sin confesión individual.


El ritual para un solo penitente marca sobre todo la relación del hombre, como individuo pecador, con Dios. Por otro lado los rituales para varios penitentes marcan la dimensión social del pecado como así también el de la reconciliación; Se comienza a gestar en la mente de los fieles una dimensión eclesial de la reconciliación con Dios.


La restauración del Catecumenado por parte del Concilio Vaticano II está íntimamente ligado a la reforma litúrgica teniendo su culmen en la promulgación del “Ordo Initiatione Cristianae Adultorum”, que es, sin duda, el ritual donde más se hace notar el intento por volver a los orígenes.


Este ritual tiene su razón de ser en la necesidad de instruir en la fe a adultos que no han sido bautizados y que por tanto al estar en uso de razón solicitan a la Iglesia los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.


Con el tiempo la Iglesia vió que la situación de muchos bautizados era prácticamente la misma que los no bautizados: vivían en una situación de neo-paganismo, ya sea por una deficiente o nula formación en la fe, lo que llevó en forma efectiva a replantearse el uso de este ritual para personas que quisieran redescubrir la fe y entrar en el seno de la Iglesia en un proceso de re-iniciación.


Después de esta hreflexión y en una especie de renacimiento de la Iglesia, pequeñas comunidades comenzaron a gestarse para vivir más intensamente la fe, en un “catecumenado” de formación, aunque realmente no se puede decir que estas comunidades de tipo catecumenal sigan fielmente las directrices del OICA, son sin duda parte de esta re-invención de la Iglesia. Estas pequeñas comunidades han sido el lugar donde la reforma litúrgica ha tenido una mayor y entusiasta acogida. Entre estas podemos nombrar: comunidades populares, comunidades eclesiales de base, comunidades carismáticas, focolares y comunidades diocesanas.


Las comunidades nacidas en España en la década del sesenta deben ser tomadas aparte, pues toman el OICA como ritual base para los ritos que marcan sus diversas etapas, y que con algunos añadidos pretenden ser en alguna forma una copia fiel del catecumenado antiguo. Este grupo de comunidades recibe el nombre de “neocatecumenales” por estar centradas en un nuevo catecumenado para personas ya bautizadas.


Todas estas comunidades que hemos nombrado son sin duda una parte importante de la reforma litúrgica, pues es en ellas donde se ha puesto en práctica con más fuerza, y en donde los frutos han sido más numerosos.


Desde muy antiguo uno de los llamados grandes tesoros de la Iglesia ha sido la oración, la cual en occidente con el tiempo había perdido su verdadero sentido y significado llevando a una especie de ignorancia en este arte al pueblo cristiano. Por esta razón Pablo VI, promulgó en el año 1970, la constitución apostólica “Laudis Canticum”, con la cual restauraba para el pueblo cristiano en general el uso del breviario como libro de oración para todo el año, poniendo en manos de los laicos una tradición ya hace mucho tiempo perdida y lamentablemente muy poco tomada en cuenta actualmente.


Con todos estos cambios la Iglesia volvió a sus fuentes, pudiendo así mirar el presente y también el futuro, nuevas tendencias dentro de la Iglesia en general comenzaron a poner en práctica la reforma, retomando el pueblo cristiano un antiguo camino hacia Dios, un camino que le pertenece por derecho propio.




El panorama de la Reforma hoy

Sin duda que lo positivo de la reforma litúrgica salta a la vista: la activa participación de los fieles en los ritos de la Iglesia post-conciliar, como así también en la nueva eclesialidad que comenzó a gestarse llevando a una nueva comprensión y ejecución de la Iglesia y sus ritos, pero también es cierto que las dificultades para poner en práctica esta reforma no fue su único obstáculo, sino que los excesos cometidos o la errada comprensión que se tuvo de la misma, obstruyendo una plena comunión en la Iglesia con respecto a los ritos. Por esta razón la promulgación del documento “Sacrosanctum Concilium”, es considerado por algunos como el origen de todos los abusos y desordenes que la Iglesia Católica Romana ha sufrido desde entonces en todos los campos.


Con el tiempo y como producto de una exagerada apertura a cambios dentro de la liturgia se comenzaron a cometer errores y malas interpretaciones, como la introducción de costumbres no cristianas, muchas veces no apoyadas en antiguos “Ordos”, como bien puede ser el ejemplo de la danza. Aunque estos errores no solo se han dado en la Eucaristía es en donde se han hecho más notorio.


La jerarquía eclesiástica no ha pasado por alto esto y ha hecho todo a su disposición para remediar esto y llevar a los fieles a una ortopraxis de la liturgia a través de instrucciones, encíclicas o de soluciones ad actum en algunos casos.


Juan Pablo II, el día 4 de Diciembre de 1988 con motivo del veinticinco aniversario de la constitución Sacrosanctum Concilium, promulgó una carta apostólica con un balance de la reforma litúrgica, en donde se queja de las aplicaciones erróneas de la misma como también de sus dificultades. El documento lamenta y critica tanto lo deliberadamente desfigurado y omitido como lo que por una buena voluntad pastoral también incurre en error, pues se constatan, a veces, omisiones o añadiduras ilícitas, ritos inventados fuera de las normas establecidas, gestos o cantos que no favorecen la fe o el sentido de lo sagrado, abusos en la práctica de la absolución colectiva, confusionismos entre sacerdocio ministerial, ligado a la ordenación, y el sacerdocio común de los fieles, que tiene su propio fundamento en el bautismo.


Como ya se ha dicho la gran mayoría de los abusos se han dado en el rito Eucarístico: malas interpretaciones del sentido del mismo, como así también en la estructuración de los ritos y desarrollo de la liturgia.


Sobre la plegaria eucarística y los abusos en ella la Iglesia advierte; No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas.


Un ejemplo en cierto modo anecdótico es la práctica de la fracción de la hostia; una practica que hunde sus raíces en una comprensión más de banquete de la Eucaristía, en detrimento de su carácter de sacrificio incruento. Contra esta práctica también la Iglesia proclama que este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia .


Con motivo de la mayor participación y actividad de los laicos dentro de la misa se comenzó a cometer el error de querer en algunas funciones suplantar al sacerdote, como por ejemplo, en la plegaria eucarística, pero como la proclamación de la Plegaria Eucarística, que por su misma naturaleza es como la cumbre de toda la celebración, es propia del sacerdote, en virtud de su misma ordenación. Por tanto, es una abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diacono, por un ministro laico, o bien por uno solo o por todos los fieles juntos.







El ecumenismo dado después del concilio llevó a muchos a querer reemplazar la Misa por liturgias mixtas con fieles de otras profesiones cristianas, pero estas celebraciones y encuentros en si mismos loables en circunstancias oportunas, preparan a la deseada comunión total, incluso eucarística, pero no pueden reemplazarla.


Lamentablemente en su intento por querer defender una ortopraxis de la liturgia católica, la jerarquía de la Iglesia ha hecho algunos retrocesos en esta materia, y claramente, la esperanza de que al concilio seguiría un periodo de serena maduración y asimilación no se realizo.


Como en algunos sectores de la opinión pública todo se convirtió en discutido y discutible, la jerarquía ha intentado cerrarse para no dar espacio a la innovación deliberada a través de una política de restauración que se sitúa en el otro extremo y que lejos de ayudar a la Iglesia la daña profundamente.

jueves, 4 de junio de 2009

Ritos Latinos y Celebraciones Litúrgicas de la Iglesia Católica en Occidente como en Oriente




El rito litúrgico católico es el conjunto de prescripciones que reglamentan las ceremonias en la Iglesia católica romana y están contenidos en los Libros litúrgicos católicos.

En otros contextos, la palabra rito puede designar a las Iglesias particulares, "tanto de Oriente como de Occidente, (que) aunque difieren algo entre sí por sus ritos, como suele decirse, a saber, por su liturgia, disciplina eclesiástica y patrimonio espiritual, sin embargo, están encomendadas por igual al gobierno pastoral del Romano Pontífice, que sucede por institución divina a San Pedro en el primado sobre la Iglesia universal".[1]

Ya en el siglo III, existían tres sedes principales del cristianismo: Alejandría, Antioquía y Roma, con liturgias ligeramente distintas. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, aparece Antioquía como la primera ciudad en donde los cristianos recibieron dicho nombre. Esto, unido a la cercanía geográfica entre dicha ciudad y Jerusalén, de donde partió la predicación apostólica, hace muy probable que el rito antioqueno sea el más antiguo.

La tradición católica muestra a San Pedro llevando el Evangelio a Roma, mientras que su discípulo San Marcos lo habría llevado a Egipto, siendo el origen de los ritos latino y alejandrino, respectivamente.


Ritos litúrgicos latinos
Artículo principal: Ritos Latinos
El rito latino, en sentido de Iglesia particular latina, la Iglesia particular con más fieles y puede ser designado también como Iglesia Católica de Occidente; sin embargo, existen también jurisdicciones de rito latino en Oriente.

En sentido litúrgico, no existe un sólo rito latino, sino que el rito originado en Roma y el África latina de los primeros siglos del cristianismo, dio origen a una variedad de ritos liúrgicos latinos. Sin embargo, siendo el rito romano el que practica la mayor cantidad de fieles en Occidente, y en el mundo en general, suelen emplearse ambos términos como sinónimos.

Los ritos latinos medievales que subsisten en la actualidad son: el rito hispánico (conocido como visigótico, mozárabe, etc.), el rito ambrosiano, el rito bracarense o braguense, el rito dominicano, el rito carmelita y el rito cartujo. Otros ritos latinos, relativamente tardíos, desaparecieron luego del Concilio de Trento. Bajo el pontificado de Juan Pablo II, se aprobó el entonces rito zaireño, hoy llamado congoleño.


Iglesias orientales católicas y sus ritos litúrgicos
El rito alejandrino subsiste actualmente en el copto y el etíope. El rito antioqueno tuvo, en Siria, una evolución más compleja, distinguiéndose dos ramas, la oriental y la occidental:

El rito sirio oriental subsiste actualmente en los ritos de la Iglesia católica caldea y la Iglesia siro-malabar. Del rito sirio occidental, que conserva el nombre de antioqueno, se derivó a partir del siglo IV el rito bizantino o constantinopolitano, siendo el rito oriental más extendido. En el mismo siglo, aparece en Armenia, ya cristianizada, el rito armenio, que toma elementos de los dos ritos precedentes. Actualmente, el rito antioqueno subsiste en los ritos maronita, siro-malankara y sirio propiamente dicho (llamado también siro-antioqueno).

Son varias las Iglesias particulares que usan el único rito litúrgico bizantino.

Existen, pues, en la Iglesia Católica Romana las siguientes iglesias que emplean ritos litúrgicos distintos:

Ritos orientales
Ritos alejandrinos
Rito copto
Rito etíope
Ritos antioquenos
Rito maronita
Rito siro-malankara
Rito sirio
Rito armenio
Ritos sirio-orientales
Rito caldeo
Rito siro-malabar
Rito bizantino
Rito albanés
Rito búlgaro
Rito griego
Rito melquita
Rito húngaro
Rito italo-albanés
Rito de Križevci
Rito macedonio
Rito rumano
Rito ruso
Rito ruteno
Rito eslovaco
Rito ucraniano

Diversos ritos litúrgicos latinos usados por la única Iglesia latina en la Liturgia
Ritos romanos:

Rito romano ordinario
Rito romano extraordinario
Rito ambrosiano
Rito hispánico
Rito bracarense
Rito congoleño o Zairense
Rito dominicano
Rito carmelita
Rito cartujo
Rito Serico (extinguido)
Rito afro-latino (extinguido)
Rito céltico (extinguido)
Rito galicano (extinguido)

Los Ritos litúrgicos latinos usados en las áreas de la Iglesia Católica donde el latín fue el lenguaje dominante fueron drante muchos siglos no menos numerosos que los ritos litúrgicos de las Iglesias orientales católicas. En la actualidad su número es mucho más reducido. Posteriormente al Concilio de Trento, en 1568 y 1570, el papa Pío V suprimió los breviarios y misales que no pudieran demostrar una antigüedad de por lo menos dos siglos. Muchos ritos locales que continuaban siendo legítimos incluso después de este decreto fueron voluntariamente abandonados, especialmente en el Siglo XIX y la mayoría de las órdenes religiosas que aún mantenían un rito propio decidieron, en la segunda mitad del Siglo XX, adoptar el Rito romano reformado tal como se revisó de acuerdo con los decretos del Concilio Vaticano II. Unos pocos ritos litúrgicos latinos persisten hoy día para la celebración de la Misa en forma revisada delde 1965-1970, pero los ritos litúrgicos específicos para celebrar los demás sacramentos han sido prácticamente abandonados.

Rito Romano
El Rito romano es por mucho el más ampliamente usado. Como los demás ritos litúrgicos, se desarrolló con el tiempo, con las nuevas formas sustituyendo las antiguas. Pasó por muchos cambios en el primer milenio y medio de existencia (ahora llamadas "Misas Pretridentinas"). La forma establecida por Pío V siguiendo lo solicitado por el Concilio de Trento y establecida entre 1560 y 1570, continuó con mínimas variaciones en los siglos posteriores. Cada edición típica nueva del Misal Romano y de los otros Libros litúrgicos derogaba la anterior.

Fue en el Siglo XX cuando hubo cambios más profundos. El papa Pío X modificó radicalmente el Salterio del Breviario y alteró las rúbricas de la Misa. Los Papas posteriores continuaron con los cambios, empezando con Pío XII, quien revisó las ceremonias de Semana Santa y ciertos aspectos del Misal Romano en 1955.

El Concilio Vaticano II (1962-1965) fue seguido por una revisión general de los rituales de todos los sacramentos, incluyendo la Eucaristía. Como antes, cada nueva edición típica de un libro litúrgico oficial derogaba la anterior. Así pues, el Misal Romano de 1970, que derogó la edición de 1962, fue derogado por la de 1975. La edición 2002, a su vez, deriga la edición de 1975 tanto en latín, como en las traducciones oficiales que aparece y en las lenguas vernáculas. Bajo los términos del Motu proprio Summorum Pontificum del papa Benedicto XVI, la Misa de Pablo VI es conocida como la Forma Ordinaria del Rito Romano.

El mismo Motu Proprio indica que la Misa tridentina, tal como está expresada en el Misal de 1969, aún está autorizada como Forma Extraordinaria del Rito Romano.


Uso de Zaire
El Uso de Zaire o Rito congoleñoes una variación inculturada del la Forma Ordinaria del Rito Romano usada de forma muy limitada en algunos países africanos desde finales de la década de los 70.


Uso Anglicano
Este uso, durante la Liturgia de la Eucaristía, especialmente la Oración Eucarística, es muy parecido al Rito Romano, mientras que es muy diferente durante la Liturgia de la Palabra y el Rito Penitencial. El lenguaje utilizado, que difiere del usado por la traducción de la Comisión Internacional sobre el Inglés Litúrgico, más extendida, está basado en el Libro de Oración Común, escrito originalmente en el Siglo XVI. La mayoría de las parroquias usan el Libro de Alabanza Divina, el cual es una adaptación del anterior.

El Uso Anglicano está permitido por una Instrucción Pastoral de 1980 y solo está permitido en unas cuantas parroquias de los Estados Unidos, las cuales abandonaron la Iglesia Episcopal. La misma Instrucción permite también la ordenación de antiguos ministros episcopalianos casados como sacerdotes católicos.


Ritos occidentales de tipo "Galicano"
Rito Ambrosiano
El Rito ambrosiano es celebrado en la mayor parte de la Arquidiócesis de Milán, Italia y en partes de algunas diócesis colindantes en Italia y Suiza. El idioma actualmente utilizado es usualmente el italiano. Es similar al Rito Romano, con algunas variantes en los textos y una ligera diferencia en el orden de las lecturas.


Rito de Braga
El Rito bracarense es usado, de forma opcional desde el 18 de noviembre de 1971 en la Arquidiócesis de Braga al norte de Portugal[1]


Rito Mozárabe
La Liturgia hispánica, también llamada rito mozárabe o visigótico, fue el prevalente a lo largo de España en tiempos de los visigodos, ahora es celebrado en contadas ocasiones, principalmente en la catedral de Toledo.


Rito Cartujo
El rito cartujo está en uso bajo una versión revisada en 1981.[2] Aparte de los nuevos elementos en esta revisión, es fundamentalmente el rito de Grenoble del Siglo XII con algunas añadiduras de varias fuentes.[3] Es actualmente el único rito de la Misa ordinario existente de una orden religiosa; pero por virtud del indulto Ecclesia Dei, alguno individuos o pequeños grupos están autorizados a usar algunos ritos hoy ya no usados.


Ritos Occidentales Católicos en Desuso
Rito Africano
Este Rito fue usado, antes de la conquista árabe del Siglo VIII, en el norte de África, en particular en la provincia romana de África, la cual corresponde al actual Túnez, de la cual Cartago era su capital. Es muy similar al Rito romano, tanto así que las tradiciones litúrgicas occidentales han sido clasificadas como pertenecientes a dos corrientes, la tradición Norte Africana-Romana y la tradición Galicana (en el sentido amplio), comprendiendo ésta al resto del Imperio Romano de Occidente, incluyendo el norte de Italia.[4]


Rito Celta
El antiguo uso celta fue un compuesto de estructuras rituales no-romanas (posiblemente antioquenas) y textos no exentos de influencia romana, que era similar al rito mozárabe en muchos aspectos y habría sido usado por lo menos en algunas partes de Irlanda, Escocia, la parte norte de Inglaterra y tal vez incluso en Gales, Cornwall y Somerset, antes de haber sido ordenado su reemplazo por el rito romano en la Alta Edad Media. El calificativo "celta" es probablemente un término equivocado y puede deberle su origen a la re-evangelización de las Islas Británicas por parte de Agustín de Canterbury en el Siglo VI. Se sabe poco de él, a pesar de que sobreviven varios textos litúrgicos.

Algunos grupos cristianos no en comunión con la Iglesia Católica, especialmente algunos Ortodoxos Occidentales en comunión con las Iglesias Ortodoxas Orientales, (por ejemplo los ortodoxos celtas), han intentado dar vida a una reconstrucción del rito celta, cuya precisión histórica ha sido puesta en duda.


Rito Galicano
El Rito Galicano es un término retrospectivo aplicado a la suma de las variantes locales, en líneas similares a los arriba designados (como el rito celta o el hispánico), los cuales cayeron en desuso en Francia a finales del primer milenio. No deben ser confundidos con los llamados libros litúrgicos Neo Galicanos publicados en varias diócesis francesas luego del Concilio de Trento, los cuales tienen muy poco o nada que ver con él.


Otros ritos o usos locales extintos
Varios ritos locales (más propiamente usos o variantes del rito romano) de distintos alcances existieron, pero hoy día no se usan; entre ellos podemos anotar:

el Rito o Usode Sarum (o Salisbury), que era una variante del romano originada en la diócesis de Salisbury y había ido extendiéndose hasta ser ampliamente utilizado en Inglaterra y Escocia en la década de 1530, cuando la Reforma Protestante barrió en la Europa Continental. Tuvo variantes en York, Lincolnshire, Bangor y Hereford.
El Uso de Colonia, usado en esta diócesis antes de 1570.
El Rito Lyonés de la diócesis de Lyon, Francia, la cual es considerada como el centro (más que Milán) de la difusión de las liturgias galicanas[5]
El Uso Nidaros, largamente extinto, basado principalmente en libros litúrgicos ingleses, usado en la pre-Reforma en Noruega.[1]
El Uso de Uppsala, suprimido durante la reforma, previamente la variante principal del rito romano en Suecia.
El Rito Aquileano, rito difunto originado en el antiguo patriarcado de Aquilea en el norte de Italia.
El Rito de Benevento y
El Rito de Durham

Ritos de órdenes religiosas [editar]Algunas órdenes religiosas celebraban la Misa de acuerdo a su propio rito, los cuales databan de más de 200 años antes de la Bula papal Quo primum. Estos ritos estaban basados en usos locales y combinaban elementos de los Ritos Romano y Galicano. Posterior al Concilio Vaticano II, la mayoría de ellos fueron abandonados, excepto el Rito Cartujo.
Las órdenes religiosas de origen más reciente, jamas han tenido ritos especiales.

Los siguientes ritos de la Misa previamente existentes, distintos del Rito Romano, continúan en uso de forma limitada con permiso de los superiores eclesiásticos:

Rito carmelita
Rito Cisterciense
Rito dominico[6]
Rito premostratense