viernes, 5 de junio de 2009

Repaso a la Liturgia tras el Concilio Vaticano II... aumentan las comunidades que quieren celebrar el Rito Tridentino

Cuando se habla de reforma litúrgica viene a la mente la idea de una renovación de los ritos, si bien esta idea no esta alejada de la realidad, lo que se busco realmente no fue innovar o crear nuevas liturgias sino volver a antiguas costumbres y tradiciones lo más cercano en el tiempo a la Iglesia apostólica, eso sí, sin desconocer las aportaciones de los concilios a través de toda la historia de la Iglesia Católica.


Introducción


La reforma litúrgica se tiende a ver así como el despertar de un largo letargo, pero fue este un despertar lento ya que desde la pérdida de las liturgias originales los intentos de volver a la misma se dieron durante mucho tiempo antes del concilio Vaticano II, siendo la reforma de la constitución “Sacrosanctum Concilium”, el culmen, final y principio de este largo proceso.


La liturgia es en donde la obra redentora realizada por Cristo continua en la Iglesia, por esta razón era tan importante recuperar estos ritos ya hace tanto tiempo perdidos, pues era la única forma de respuesta por parte de la Iglesia al proceso de secularización y desacralización en la cual la sociedad del siglo XX se veía inmersa.


La liturgia consta de una parte que es inmutable, por ser de institución divina, y de otras partes sujetas a cambio, que en el decurso del tiempo pueden y aun deben variar , pues es la única forma de mantenerse en el tiempo, respondiendo de esta forma a las necesidades del pueblo cristiano, de una Iglesia más cercana y adecuada para transmitir el evangelio.



Perdida de los orígenes litúrgicos


Hasta el concilio Vaticano II la liturgia católica venia arrastrando ya una larga historia en materia litúrgica, una liturgia que había sido moldeada según la época y la teología pues (ritos en su forma y estructuración obedecen a una necesidad social que no es extraña al pueblo cristiano) en los inicios del cristianismo sólo los gestos rituales instaurados por Jesús mismo son los que tenían importancia y aceptación en el seno de la comunidad cristiana, tales como el bautismo, la cena común (nuestra actual eucaristía) o la invocación de la divinidad, como lo es la oración del “Padre Nuestro”; Pero esto no se mantuvo durante mucho tiempo ya que la naciente comunidad se vio en la necesidad de adecuar y absorver tanto fiestas como celebraciones para poder llegar así a la masa de paganos que estaban fuera de la Iglesia y que no eran por tanto conocedores del mensaje evangélico.


Con el tiempo y en forma contraria a la intención que se tuvo en un principio, los ritos lejos de acercar entre si a los cristianos en una forma de alabanza común, degeneraron en una liturgia incomprensible para el vulgo, siendo en si ritos con poco sentido para la asamblea laica, que no pertenecía al orden sacerdotal, teniendo que contentarse con ser un mero espectador de los ritos oficiados por el sacerdote, el cual era el único con el conocimiento suficiente para comprenderlos en profundidad.


Desde sus inicios la Iglesia articuló y dio forma a estructuras que le permitieron mantenerse en el tiempo y organizar todo un funcionamiento que le ayudo a expandirse más allá de la Palestina de Jesús, con intención de llevar el mensaje a todos los pueblos de la salvación para todos los hombres. De las estructuras a las que se dio forma hay dos puntuales que tuvieron influencia directa sobre la liturgia: la estructuración dogmática y la formulación de una estructura jerárquica. Ambas tuvieron relevancia en la formación y transformación de los ritos que han llegado hasta hoy. Son ejes sin los cuales la liturgia no hubiera llegado a ser como la conocemos hoy en día.


De ambos ejes nombrados anteriormente el que tuvo grandes repercusiones, y ayudó sobremanera al alejamiento entre el pueblo cristiano y la liturgia, fue el de la estructuración dogmática. La Iglesia Católica, en su intento de mantener la ortodoxia y de defender la verdad en su lucha contra las herejías (arrianos, nestorianos, monofisistas, etc.), fue creando un gran universo de dogmas, es decir, verdades de carácter infalible que deben ser “aceptadas ahora y siempre” por obligación por el pueblo cristiano, manteniendo de esa forma el depositum fidei que le había sido confiado.


La práctica en la Iglesia por querer defender la verdad frente a las herejías y desviaciones doctrinales propagadas por ciertos grupos, hizo que se dejara de lado la preocupación por la liturgia como practica de unión de los cristianos. Esto llevó en algunos casos a la búsqueda de otros caminos por parte de la masa creyente, particularmente lo que dio en llamarse “piedad popular”, práctica que durante largo tiempo fue el camino más transitado hacia la divinidad que tuvieron los cristianos laicos. Sin embargo este fenómeno no fue indiferente a la jerarquía, que hizo uso de ella solo cuando fue necesario, como en la lucha contra el protestantismo o contra los católicos doctos de la ilustración.


Después de perdido el verdadero sentido de los ritos heredados por el pueblo cristiano se levantó un muro que no seria franqueado en mucho tiempo: la división entre liturgia del sacerdote y la del pueblo, entre teología y fe vivida.


Los dogmas eran verdades que al vulgo no le interesaban, tanto porque no repercutían profundamente en su vida, como así también por que le eran incomprensibles. Los fieles solo se apegan a las prácticas y, no intentan siquiera comprender los dogmas, incluso le son indiferentes, aun en el siglo XX un autor se quejaba, ¡Cuantos confunden todavía la Inmaculada Concepción de la Virgen Con el nacimiento virginal de Cristo!



A través de los siglos, se fue acentuando cada vez más la diferencia entre la liturgia del celebrante (sacerdote) y la del pueblo. Los creyentes, con el correr del tiempo y en vista de lo extraño e incomprensible de los ritos perdieron cierto interés en los mismos provocándose el proceso de “desacralización”, es decir, se perdió la noción de lo sagrado llevando así a la secularización de una parte de los cristianos.

Algunos hombres dentro del seno de la Iglesia fueron capaces de darse cuenta de lo dicho anteriormente y de la necesidad imperiosa de generar un cambio desde adentro y no esperar que se generara un cambio afuera, en la masa de creyentes que no parecían dispuestos a acercarse a una liturgia, que ya no los llenaba en plenitud. El desinterés por formar al pueblo en esta materia había provocado una respuesta en igual sentido hacia la liturgia.


La Iglesia necesitaba una reforma urgente, una adaptación; Esto según las necesidades por las cuales era increpada como ya había hecho en diversas épocas. Ya desde San Pablo, la Iglesia ha venido adaptándose constantemente; En un principio la catequesis a postulados de otras religiones (paganos), pasando por personajes como Orígenes y Santo Tomas de Aquino, en la conciliación del pensamiento griego y fe cristiana el primero y de repensar la dogmática en función de la filosofía aristotélica el segundo, llegando hasta el Concilio de Trento.


Mucho antes de que se pensase remotamente en la posibilidad de un concilio como el Vaticano II, en el año 1884 el benedictino Anselm Schott editó su “Misal para seglares”, cuyo fin era permitir al fiel seguir orando con el celebrante en forma silenciosa y en lengua vernácula. Esta iniciativa de Schott no fue con mucho la primera de este tipo. Hay que recordar en el siglo XVI a los monjes camaldulenses Pablo Justiniani y Pedro Querini, autores de “Libellus ad Leonem X”, que entre las numerosas reformas propuestas para revitalizar la liturgia estaba la del uso de la lengua vernácula en la celebración de los “Misterios”.


Mas o menos por la misma época la Iglesia Católica se veía enfrentada al problema que representaba la reforma protestante, ante la cual reaccionó con el Concilio de Trento, con motivo de las objeciones puestas por los reformadores en gran parten materia de liturgia, por lo cual, el concilio tuvo que ocuparse, en sus tres fases de cuestiones referentes a la liturgia y a la piedad popular, tanto bajo el aspecto doctrinal como cultual.


Lo que con las reformas a la liturgia surgida a partir de este concilio parecía tan positivo, tales como: la revisión del calendario y del rito romano o la creación de la “Sagrada Congregación de Ritos”, resultó no ser como se esperaba, ya que el culto adquirió una rigidez extrema, y parecía ser que la liturgia era algo exclusivamente jerárquica, separando aun más la liturgia del pueblo, que ya a estas alturas había afianzado su relación con la piedad popular como única forma de hallar un camino hacia Dios.


Los intentos para una reforma en el ámbito litúrgico no pararon ahí. La visión de algunos otros hombres, dentro de la Iglesia, mostraba que hacia falta de forma urgente un cambio para sobrevivir a los que se habían gestado en el entorno del catolicismo. A la iniciativa de Schott, aunque de forma independiente, se sumaban los congresos eucarísticos que en los lugares de lengua francesa se venían celebrando desde 1884, y que más tarde desde 1905, se comenzaron a celebrar también en otras partes. Uno de estos congresos, el de Malinas (1909), tuvo a bien expresar el deseo de de hacer del misal un libro de oraciones para los fieles.


El pontificado de Pío XII, fue sin duda, el que dio el impulso definitivo a todo el trabajo que se venia arrastrando en materia de reforma a la liturgia. De hecho, la promulgación del documento “Sacrosanctum Concilium”, en el margen del concilio, concluía iniciativas que se habían iniciado durante la segunda mitad del gobierno del citado pontífice.


Las iniciativas desarrolladas durante el pontificado de Pío XII tuvieron su cumbre en la promulgación de cuatro encíclicas: “Divino Afflante Spiritu” (1943), “Mystia Corporis” (1943), Mediator Dei” (1947) y, “Humani Generis” (1950). Fuera de estos cuatro documentos, hay dos hechos que son representativos durante el gobierno del citado pontífice en lo que a intentos de reforma se hrefiere: La renovación de la liturgia de la Vigilia Pascual (1951), y la reducción del ayuno eucarístico a tres horas (1957). El primero restauraba una antigua práctica cristiana, la de esperar durante la noche la resurrección de Cristo. El segundo hecho ponía como posibilidad a los fieles el poder comulgar en una misa vespertina.


Para antes de la llegada del concilio hay un hecho puntual que a simple vista parece ser insignificante, pero que allanó el camino para la futura reforma. Me hrefiero al hecho de la orientación ultramontana que se dio a la liturgia bajo el pontificado de Pío IX, orientación que era restauradora de la liturgia dictada por Roma, eliminando cualquier intento de orientación por otra vía. El cánon romano y la liturgia romana vinieron a considerarse como “hechura perfecta del Espíritu Santo” .


Este extraño proceso, y digo extraño porque ayudó a la reforma del concilio a la que se oponía en orientación, pues, precisamente atacaba y eliminaba cualquier intento de cambio por mínimo que fuera en la liturgia, puso una base sobre la cual más tarde estando la liturgia unificada trabajarían los padres conciliares.


Como bien dice Paul Johnson, la política (de la Iglesia) cambió en casi todos sus aspectos a partir de fines de 1958, cuando Angelo Roncalli sucedió Pío XII, con el nombre de Juan XXIII,y sin duda, tenia razón. Este Papa abrió las puertas de la Iglesia para cruzar él un muro que ya hacia años parecía infranqueable: el de la liturgia.


Cuando Juan XXIII llamó al concilio, sin duda, tenia en mente que las premisas estaban dadas para que se pudiera desarrollar un cambio en la vida de la Iglesia y de hecho así era, el entorno social solicitaba una adecuación para poder hacer frente a la crisis espiritual en la que muchos católicos se veían inmersos.






El Concilio




Después de la promulgación de la infabilidad papal se creyó innecesario la convocatoria de nuevos concilios, aunque desde Benedicto XV se consideró como una posibilidad convocar uno. Pero sin duda nadie pensó que un Papa que estaba alrededor de los setenta años y que era considerado un pontífice de transición después del largo papado de Pío XII, fuera capaz de convocar un concilio que cambiaría en forma radical el rostro de la Iglesia. Su nombre, Juan XXIII.


El 25 de Enero de 1959 Juan XXIII anunció su convocatoria a un concilio general de carácter ecuménico. Este concilio que seria conocido como Vaticano II (para demostrar que no era una continuación del inconcluso de Pío IX), fue el que entre sus muchos trabajos tuvo la delicada tarea de hacer una reforma en la liturgia.


Los trabajos en torno a la reforma litúrgica comenzaron con el pie derecho, por expreso deseo de Juan XXIII. Este seria el primer tema a tratar, que ya en el verano de 1962, al ser enviados los esquemas a los obispos que participarían en el concilio, tuvo una gran aceptación de todos los consultores que ya habían sido sensibilizados por el movimiento litúrgico.


Las discusiones sobre esta materia comenzaron el 22 de Octubre y, se extendieron hasta el 13 de Noviembre. Dentro de los debates salieron a flote olvidados datos sobre la comunidad cristiana en relación con la liturgia y también el de la fe entendida como parte de un todo, de la comunidad cristiana.


Lamentablemente y a pesar de todo el esfuerzo y del consenso logrado, con motivo de objeciones y enmiendas, el 19 de Noviembre se anunció que la conclusión del tema se dejaría para la posterior fase conciliar.


Efectivamente, con la conclusión del segundo periodo conciliar el día 4 de Diciembre de 1963, fue aprobada la constitución sobre sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, con la siguiente votación: 2147 votos a favor, 4 en contra y 1 abstención, lo que significó un reconocimiento muy amplio dentro del grupo de los padres conciliares.


El documento conciliar que fue aprobado siendo Papa Pablo VI tuvo su ultimo problema que superar precisamente con su promulgación, que estaba prevista como en el Concilio Vaticano I, pero dada la nueva conciencia eclesiológica dentro de la Iglesia esto no era viable bajo ninguna perspectiva. El Papa, consciente de esto optó por una fórmula que dejaba en claro que no era solo él quien promulgaba el documento sino el concilio en su conjunto.


Mientras el Concilio continuaba, ya promulgado el documento, el contenido del mismo pasaba de los Obispos a la Iglesia entera, lo cual implicaba la puesta en práctica desde ya de la reforma litúrgica; Pero por suerte esto no se transformó en un problema puesto que no había impedimento para hacerlo. Así el día 25 de enero, Pablo VI creo un “Concilium” especial, que se ocuparía de la puesta en práctica del contenido de la constitución. Mas tarde dicho concilium fue absorbido por la Congregación de Ritos, que era a quien correspondía legalmente dicho trabajo.


El documento conciliar “Sacrosanctum Concilium” significó un cambio radical para la Iglesia que comenzó a ser entendida por los fieles laicos como un “somos Iglesia”, esto tras tener una participación no imaginada antes en la liturgia.




El documento


Finalmente y después de los debates sobre los esquemas originales, y tras su redacción final la constitución sobre la sagrada liturgia “Sacrosanctum Concilium”, quedó estructurada de la siguiente forma: un proemio y siete capítulos, más un apéndice sobre un proyecto de revisión del calendario, además de numerosas subdivisiones dentro de los propios capítulos.





El carácter de renovación que impulsó este documento no tiene parragón en la historia de la Iglesia. Un ejemplo es que ya pasados veinticuatro años desde su publicación, el día 4 de diciembre de 1988, Juan Pablo II,publicó una carta apostólica, con motivo de la aplicación de la reforma litúrgica. Incluso hoy mismo la reforma suscita dentro de la Iglesia debates entre partidarios y detractores.


El documento (conciliar) permitía dar un salto sobre el muro que hace tanto tiempo se había interpuesto entre los fieles y el clero, al permitir el uso de la lengua vernácula y dejar de ser obligatorio el uso del latín, no solo en las oraciones sino también en toda la liturgia; en los cantos, las lecturas y en los misterios. Este cambio dentro de la liturgia que se vio principalmente por su mayor cercanía a los fieles, en la Misa, tiene su origen en la revisión de los libros litúrgicos como el documento ordena: Revísense cuanto antes los libros litúrgicos, valiéndose de peritos y consultando a Obispos de diversas regiones del mundo.


Seria extremadamente largo y cansado enumerar todas y una por una la gran cantidad de reformas y de iniciativas que se derivan del documento mismo, sin embargo, se pueden englobar principalmente en tres grupos:


a) La reforma de los ritos poniendo de manifiesto la importancia que la asamblea en si debe tener, convirtiéndose como en el caso de la Eucaristía en participantes activos y no pasivos.


b) Recuperación para los fieles de antiguas tradiciones o costumbres del cristianismo como el rezo del “Oficio Divino” o la reinstauracion del “Catecumenado”


c) Por ultimo y como consecuencia de las dos anteriores, la mayor participación de los fieles en las celebraciones litúrgicas derribando la barrera entre jerarquía y asamblea, creándose un sentimiento de que todos en conjunto “somos Iglesia”.






La Reforma Litúrgica


Al comparar la liturgia pre-conciliar con la actual salta a la vista el gran avance que lograron los padres conciliares con la promulgación del documento “Sacrosanctum Concilium”. Este cambio fue tanto de forma como de fondo transformando así la liturgia en algo más vivo y propio de la Iglesia en su conjunto, al ser participes todos con plegarias, gestos y silencios.


La traducción de Biblias, textos litúrgicos, misales, etcétera, a lengua vernácula representa, sin duda, el alcance más notorio de la reforma, ya que ponía fin a siglos de liturgia en latín, una lengua ya caída en desuso y que si bien es cierto mantenía una tradición entorpecía la comprensión de la liturgia en el pueblo, pues no tenia receptores preparados para recibirla, aplicarla a la vida y transmitirla.


No cabe duda que la Eucaristía ha sido la más afectada (en forma positiva) por los cambios impulsados por el Concilio Vaticano II, entre los cuales podemos nombrar el gran énfasis puesto en la liturgia de la palabra, las nuevas plegarias eucarísticas y la comunión bajo las dos especies. Estos cambios dentro de la Eucaristía resaltaron su dimensión eclesiológica al poner de manifiesto la importancia de la misma en la vida del cristiano, siendo con la vida comunitaria, la oración y la escucha de la palabra pilares fundamentales en la formación del individuo como un cristiano activo dentro de la Iglesia.


Las plegarias eucarísticas recogidas por el “Canon Romano” bajo el pontificado de Pablo VI comenzaron a hacer de la celebración de la Eucaristía algo mucho más cercano a la asamblea, que veía cómo las plegarias en su intento por identificarse con la misma habían sido estructuradas para convertir el pueblo cristiano en una “Ecclesia Orans”


La Misa en sus plegarias se reformó innovando, volviendo la atención a antiguas usanzas, a diversos tipos de celebración Eucarística, en especial a la de tipo alejandrino y antioqueno. La idea central fue juntar y uniformar las diversas plegarias para poder facilitar así la comunión de la Iglesia en general buscando una estructura de índole universal con la cual todos pudieran sentirse identificados. Si bien es cierto que se unieron distintas plegarias no se dejó de lado la preocupación por la posible mal interpretación de algunos gestos o palabras que no significan lo mismo en culturas diferentes, los cuales fueron corregidos en medio de los trabajos o en algunos casos hasta omitidos.


Finalmente la plegaria eucarística quedó de la siguiente forma: Aclamación; Anámnesis del Antiguo y Nuevo Testamento; Epíclesis para la consagración; Consagración;Anámnesis de los Misterios de Cristo; Ofrenda del sacrificio; Epíclesis de comunión; Intercesiones; Doxologia.


Esta reforma de la liturgia eucarística lejos de transformarla en algo nuevo y original, recogía resabios de antiguas tradiciones acercándola aun más a las fuentes originales.


La liturgia de la palabra como celebración de los fieles vino a instaurarse de dos formas: la primera dentro de la Misa en un orden anterior a la celebración Eucarística, pero íntimamente ligado a ella, y segundo como una celebración independiente preparada muchas veces por los mismos fieles en la selección de las lecturas y los cantos que han de acompañar a las mismas. La posibilidad de escuchar la palabra en la propia lengua abrió la posibilidad de una mayor profundización en la fe que ya no solo tendría como pilar las prácticas de piedad.


Después del concilio el bautismo de niños se inserta en el conjunto de la iniciación cristiana casi del mismo modo que antes del mismo, pero eso si con relevantes cambios dentro del ritual dando un paso importantísimo en el papel que padres y padrinos tienen con y para el nuevo bautizado. Se comenzó una especie de Catecumenado para padres en el cual se les instruía sobre las responsabilidades junto con los padrinos de la iniciación del niño en la vida cristiana. Esta preparación cumple también la función de dilación en el tiempo para comprobar los verdaderos motivos que llevan a los padres a solicitar el bautismo y a rectificarlos en el caso de que no sean los correctos. Se pone también especial énfasis en reforzar la fe, para que así pueda ser traspasada correctamente.


Este nuevo ritual de bautismo de niños se puede dividir en cuatro etapas: la acogida, la celebración de la palabra, el bautismo del infante y la despedida. Como se puede ver su estructura es sencilla, pero no por eso menos profunda ya que su totalidad esta basada en la doctrina bíblica sobre el bautismo.


Como la Escritura da pocos datos sobre ella, la Confirmación tiende a relegarse a un segundo plano, pero es en realidad un muy importante sacramento, a través del cual se traspasa el Espíritu Santo al iniciado.


La práctica de este sacramento ha variado según las épocas y las necesidades. El Concilio Vaticano II, no hace ni grandes aportaciones, ni importantes cambios en su estructura, pero confirma antiguas prácticas e ideas.


Siendo que en un principio este sacramento se confería junto con el bautismo y la Eucaristía, pasando posteriormente a estar entre ambos, desembocó hasta poco antes del Concilio en un lugar posterior a estos dos sacramentos, lugar que el mismo Concilio le confirmó dentro de la iniciación cristiana. El Concilio le confiere a este sacramento el carácter de don de fuerza para la lucha en la vida del cristiano; Es un sacramento íntimamente vinculado al testimonio.


Las posturas pastorales posteriores al Concilio tienden a retrasar este sacramento lo más posible en el tiempo, aunque eso sí, hay cierta tendencia a situarlo entre los 16 y 18 años, con una notable diferencia con lo que se venía dando antes del Concilio desde mas o menos el año 1910.


La confesión o sacramento de la reconciliación tuvo su lugar dentro de la reforma litúrgica, aunque eso sí con un perfil mas bien bajo. El ritual promulgado hace hincapié no solo en la confesión de los pecados sino en la conversión del individuo, en la reconciliación con Dios a través de un cambio de vida posterior a la absolución. No entraremos profundamente en lo que es el ritual, pero diremos que se divide en tres: ritual para un solo penitente, para varios penitentes con confesión individual y para absolución colectiva sin confesión individual.


El ritual para un solo penitente marca sobre todo la relación del hombre, como individuo pecador, con Dios. Por otro lado los rituales para varios penitentes marcan la dimensión social del pecado como así también el de la reconciliación; Se comienza a gestar en la mente de los fieles una dimensión eclesial de la reconciliación con Dios.


La restauración del Catecumenado por parte del Concilio Vaticano II está íntimamente ligado a la reforma litúrgica teniendo su culmen en la promulgación del “Ordo Initiatione Cristianae Adultorum”, que es, sin duda, el ritual donde más se hace notar el intento por volver a los orígenes.


Este ritual tiene su razón de ser en la necesidad de instruir en la fe a adultos que no han sido bautizados y que por tanto al estar en uso de razón solicitan a la Iglesia los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.


Con el tiempo la Iglesia vió que la situación de muchos bautizados era prácticamente la misma que los no bautizados: vivían en una situación de neo-paganismo, ya sea por una deficiente o nula formación en la fe, lo que llevó en forma efectiva a replantearse el uso de este ritual para personas que quisieran redescubrir la fe y entrar en el seno de la Iglesia en un proceso de re-iniciación.


Después de esta hreflexión y en una especie de renacimiento de la Iglesia, pequeñas comunidades comenzaron a gestarse para vivir más intensamente la fe, en un “catecumenado” de formación, aunque realmente no se puede decir que estas comunidades de tipo catecumenal sigan fielmente las directrices del OICA, son sin duda parte de esta re-invención de la Iglesia. Estas pequeñas comunidades han sido el lugar donde la reforma litúrgica ha tenido una mayor y entusiasta acogida. Entre estas podemos nombrar: comunidades populares, comunidades eclesiales de base, comunidades carismáticas, focolares y comunidades diocesanas.


Las comunidades nacidas en España en la década del sesenta deben ser tomadas aparte, pues toman el OICA como ritual base para los ritos que marcan sus diversas etapas, y que con algunos añadidos pretenden ser en alguna forma una copia fiel del catecumenado antiguo. Este grupo de comunidades recibe el nombre de “neocatecumenales” por estar centradas en un nuevo catecumenado para personas ya bautizadas.


Todas estas comunidades que hemos nombrado son sin duda una parte importante de la reforma litúrgica, pues es en ellas donde se ha puesto en práctica con más fuerza, y en donde los frutos han sido más numerosos.


Desde muy antiguo uno de los llamados grandes tesoros de la Iglesia ha sido la oración, la cual en occidente con el tiempo había perdido su verdadero sentido y significado llevando a una especie de ignorancia en este arte al pueblo cristiano. Por esta razón Pablo VI, promulgó en el año 1970, la constitución apostólica “Laudis Canticum”, con la cual restauraba para el pueblo cristiano en general el uso del breviario como libro de oración para todo el año, poniendo en manos de los laicos una tradición ya hace mucho tiempo perdida y lamentablemente muy poco tomada en cuenta actualmente.


Con todos estos cambios la Iglesia volvió a sus fuentes, pudiendo así mirar el presente y también el futuro, nuevas tendencias dentro de la Iglesia en general comenzaron a poner en práctica la reforma, retomando el pueblo cristiano un antiguo camino hacia Dios, un camino que le pertenece por derecho propio.




El panorama de la Reforma hoy

Sin duda que lo positivo de la reforma litúrgica salta a la vista: la activa participación de los fieles en los ritos de la Iglesia post-conciliar, como así también en la nueva eclesialidad que comenzó a gestarse llevando a una nueva comprensión y ejecución de la Iglesia y sus ritos, pero también es cierto que las dificultades para poner en práctica esta reforma no fue su único obstáculo, sino que los excesos cometidos o la errada comprensión que se tuvo de la misma, obstruyendo una plena comunión en la Iglesia con respecto a los ritos. Por esta razón la promulgación del documento “Sacrosanctum Concilium”, es considerado por algunos como el origen de todos los abusos y desordenes que la Iglesia Católica Romana ha sufrido desde entonces en todos los campos.


Con el tiempo y como producto de una exagerada apertura a cambios dentro de la liturgia se comenzaron a cometer errores y malas interpretaciones, como la introducción de costumbres no cristianas, muchas veces no apoyadas en antiguos “Ordos”, como bien puede ser el ejemplo de la danza. Aunque estos errores no solo se han dado en la Eucaristía es en donde se han hecho más notorio.


La jerarquía eclesiástica no ha pasado por alto esto y ha hecho todo a su disposición para remediar esto y llevar a los fieles a una ortopraxis de la liturgia a través de instrucciones, encíclicas o de soluciones ad actum en algunos casos.


Juan Pablo II, el día 4 de Diciembre de 1988 con motivo del veinticinco aniversario de la constitución Sacrosanctum Concilium, promulgó una carta apostólica con un balance de la reforma litúrgica, en donde se queja de las aplicaciones erróneas de la misma como también de sus dificultades. El documento lamenta y critica tanto lo deliberadamente desfigurado y omitido como lo que por una buena voluntad pastoral también incurre en error, pues se constatan, a veces, omisiones o añadiduras ilícitas, ritos inventados fuera de las normas establecidas, gestos o cantos que no favorecen la fe o el sentido de lo sagrado, abusos en la práctica de la absolución colectiva, confusionismos entre sacerdocio ministerial, ligado a la ordenación, y el sacerdocio común de los fieles, que tiene su propio fundamento en el bautismo.


Como ya se ha dicho la gran mayoría de los abusos se han dado en el rito Eucarístico: malas interpretaciones del sentido del mismo, como así también en la estructuración de los ritos y desarrollo de la liturgia.


Sobre la plegaria eucarística y los abusos en ella la Iglesia advierte; No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas.


Un ejemplo en cierto modo anecdótico es la práctica de la fracción de la hostia; una practica que hunde sus raíces en una comprensión más de banquete de la Eucaristía, en detrimento de su carácter de sacrificio incruento. Contra esta práctica también la Iglesia proclama que este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia .


Con motivo de la mayor participación y actividad de los laicos dentro de la misa se comenzó a cometer el error de querer en algunas funciones suplantar al sacerdote, como por ejemplo, en la plegaria eucarística, pero como la proclamación de la Plegaria Eucarística, que por su misma naturaleza es como la cumbre de toda la celebración, es propia del sacerdote, en virtud de su misma ordenación. Por tanto, es una abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diacono, por un ministro laico, o bien por uno solo o por todos los fieles juntos.







El ecumenismo dado después del concilio llevó a muchos a querer reemplazar la Misa por liturgias mixtas con fieles de otras profesiones cristianas, pero estas celebraciones y encuentros en si mismos loables en circunstancias oportunas, preparan a la deseada comunión total, incluso eucarística, pero no pueden reemplazarla.


Lamentablemente en su intento por querer defender una ortopraxis de la liturgia católica, la jerarquía de la Iglesia ha hecho algunos retrocesos en esta materia, y claramente, la esperanza de que al concilio seguiría un periodo de serena maduración y asimilación no se realizo.


Como en algunos sectores de la opinión pública todo se convirtió en discutido y discutible, la jerarquía ha intentado cerrarse para no dar espacio a la innovación deliberada a través de una política de restauración que se sitúa en el otro extremo y que lejos de ayudar a la Iglesia la daña profundamente.